domingo, 7 de mayo de 2017 0 comentarios

Que por mayo era, por mayo

Que por mayo era, por mayo, 
cuando hace la calor, 
cuando los trigos encañan 
y están los campos en flor, 
cuando canta la calandria 
y responde el ruiseñor, 
cuando los enamorados 
van a servir al amor
[...]
Romancero del prisionero

Supongo que si llegase el día en que no florecieran los claveles o se quedasen cegados los girasoles o se oscureciera el sol o los mares inundaran cada rincón de este mundo, supongo que si llegase el día en que nuestros cuerpos reposasen en la inmortalidad del sueño, supongo que entonces tan solo me quedaría el recuerdo. Como el aleteo de una mariposa, tu recuerdo. Nunca los días exactos, ninguna fecha concreta de tantas que vivimos, tan solo tú, como siempre has sido.

Era por mayo. Lo recuerdo bien, aunque nunca estuve allí. Tardé en llegar, pero quise quedarme para siempre. Mientras tanto, las tormentas de una vida confusa, los giros inesperados, los caminos más insospechados, urdían todo para hacernos topar el uno con el otro. Tú, la niña alta en aquel patio de colegio, yo casi el polizón de un grupo un curso mayor. Entre bromas, viejos conocidos ya, alguna anécdota estudiantil, vino el paso a un instituto por estrenar y poco a poco nuestros lazos se estrecharon más. Lazos estrechados por la cercanía de la palabra escrita, de algún inesperado zumbido, de esa ventana hacia la profundidad de redes, hacia nuestra profundidad. Cada vez nos decíamos más, pero sin hablar demasiado. Curiosa paradoja.

Pensar ahora en todo aquel camino se me antoja distante, como si aquellos fueran dos extraños, dos que sabían más bien poco del futuro o de lo importantes que acabarían siendo el uno para el otro. Resulta entrañable pensar en aquellos momentos íntimos que compartimos como amigos, porque quizás nunca los hemos visto desde el prisma de los recuerdos conjuntos de una pareja. Todo se tejió con el paso lento de los años, aunque ahora nos parezca que haya sido una brisa en el tiempo.

Recuerdo a la muchacha que se escondía detrás de una columna, la reconozco en la mujer que duda antes de tocar a la puerta. Recuerdo a la joven que lloraba en las escaleras por sentir la decepción y la frustración, la reconozco en la exigente profesional que labra su futuro con constancia y esfuerzo.

Recuerdo tu cercanía con aquellos a los que admirabas, incluso a tus amores platónicos y tus pequeñas obsesiones, la reconozco todavía en esa sonrisita que se te dibuja cuando hablas de ciertas personas, en tu forma de sentirte agradecida y en tus ganas de aprovechar la ocasión para vivir tus experiencias soñadas... conmigo.

Porque, sin duda, de no haber sido por ti, ¡cuántos momentos únicos se hubieran perdido en mi vida! Cuántas ocasiones en las que tu simple deseo me empujó para tratar de hacerlo realidad. Recuerdo también tu risa estridente, no la has perdido, ni tu buen oído, ni tu sonrojo de vergüenza. Ni esa radiante sonrisa de felicidad cuando descubres las sorpresas que te preparo. Sé que te has quejado de que yo no soy así, pero, ay, si supieras la alegría que me invade cuando veo esa sonrisa. Cuando sé que he podido hacerte feliz a pesar de que haya siempre motivos para no estarlo. Porque por efimeros que sean, siempre valdrán la pena.

He pasado las páginas del calendario a tu lado. Y son más los años que he pasado conociéndote que los que pasé sin saber nada de ti. A veces pienso en la vida distinta que hubiéramos tenido de habernos decidido antes. Pero el tiempo solo marcha en una dirección, aquella a la que debemos mirar. Hoy recordamos lo que pasó en aquel mayo de 1991. El aniversario del nacimiento de la mejor flor de cualquier mayo, que nunca se marchita porque no solo es belleza, también es alma. También es mar. Y estrella.

La estrella que seguirá brillando aún cuando su cuerpo se haya extinguido en el final de los tiempos.



sábado, 14 de enero de 2017 1 comentarios

Estrellas que mueren

Hoy hace un año que falleciste y he pensado en lo rápido que ha pasado el tiempo. Tan rápido que no me di cuenta de tu ausencia. Que no te he echado en falta, aunque sufrí cuando supe que habías muerto, me entristeció, pensé que, en fin, contigo se iba una parte de mí. Quizás me equivocaba, pero en aquel momento lo sentí real. No, me equivocaba claramente. Me equivocaba porque no te echo de menos, no me acuerdo de ti salvo porque ha llegado este macabro aniversario y me lo recuerdan otros.

Es evidente. No te quería tanto como pensaba. En realidad, seguramente nunca te quise. Porque no te conocí nunca. Porque nunca compartimos un momento juntos, o al menos no de la forma en que hubiera podido desear. En realidad, yo estaba contigo, yo te veía, o te escuchaba, o te leía.. pero tú a mí no. Nunca nos cruzamos el tiempo suficiente como para que en mi vida note que me faltas. Y, sin embargo, me duele ver que ha pasado un año desde tu muerte, que ha pasado tan rápido, tan... sin darme cuenta, sin percatarme de que el impacto se fue. Que incluso vinieron otros. Y que también con el resto sentí algo similar.


Lo confieso: no sentí lástima de ti, sentí lástima por mí, o por nosotros, por todos los que nos quedamos. Sentí pena porque contigo se fue una parte de mí, todo aquello que hiciste y que yo relacioné con mi identidad, con la persona que hoy soy. Y también porque contigo se iba tu futuro, tus posibilidades de seguir removiéndome, hacerme sentir de nuevo una conexión especial o, simplemente, disfrutarte. 

Nunca te conocí, no veo por las calles tu recuerdo, no me acompaña en el corazón tu ausencia y, sin embargo, cuánta tristeza, cuánto dolor me da pensar que desapareciste para siempre. Y que contigo se fragmentó mi pasado y parte de mi ser.

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