jueves, 12 de septiembre de 2019 0 comentarios

El dolor de hoy

Las vidas son tan frágiles que sus aristas pueden quebrarse infinitas veces. Y, sin embargo, también son fuertes para resistir esos embates, esos golpes que nadie quisiera recibir. Será imposible recorrer el camino sin sufrir, pero será mejor disfrutar del oasis que lamentarnos de no haber llegado nunca a meta. En estos tiempos difíciles, en que la distancia marca heridas en el alma, podemos pensar que el futuro hará que todo sea anecdótico. Como ya se pasaron por otros sufrimientos, como ya se superaron, y como también tenemos la certeza de que vendrán nuevos. De que del dolor no se puede escapar para siempre, pero se puede sobrellevar con entereza.

Hay situaciones que no quisiéramos vivir y tenemos que soportar. Quedan ilusiones y esperanzas de un futuro mejor. Quién sabe qué caminos recorreremos. Pero de nada sirve torturarse por encima de lo que ya tenemos. Quisiera pensar que detrás de cada dolor, existe la posibilidad de encontrar alegría. De que lo que ayer era mera rutina, hoy se convierta en éxtasis. De que el despertar cada día juntos se convierta en una oportunidad única para memorizar cada uno de los rincones de tu piel. De que pasear sea emocionante junto a ti. De que siempre haya un abrazo más. Un beso más. Un día más.

Del dolor de hoy tendremos que aprender. Porque hoy no estoy junto a ti. Porque te echo de menos. Y porque sé que el próximo abrazo será aún más largo que el último.


viernes, 28 de diciembre de 2018 0 comentarios

Te espero en el futuro

La risa de cada día. El baile que surge de la nada. Somos pequeñas centellas de felicidad esporádica. Qué breve el tiempo cuando se le antoja. Y qué largo se nos hace el futuro cuando lo pensamos demasiado. Tenues luces he encontrado en mi camino junto a densas sombras. Nos van golpeando en esta senda tanto que a veces nos olvidamos de quienes somos. Y erramos, erramos deambulando, erramos con el otro. Lo peor ha sido siempre fallarte. Lo mejor, tan solo verte sonreír la luz una vez más cada día. De todo saldremos juntos. 


Porque ya lo hemos hecho. Porque siempre nos hemos encontrado en las encrucijadas del camino. Porque la vida nos ha devuelto siempre la sonrisa. Y la palabra adecuada a tiempo. Nunca fueron las mismas, pero siempre son las perfectas para cada momento. Solo que a veces tardan en aparecer, otras se disfrazan de amigas y tan solo sirvieron para herir. Hemos vivido los dos mucho de palabras, tanto que a veces nos olvidamos del gesto, de los recuerdos que yacen más allá de cualquier signo: aquel abrazo, aquel baile, aquella beso, aquella caricia y aquella otra tan indiscreta que aún recuerdo tu sonrojo.

Nos acostumbramos a los sobrentendidos y hemos vivido mucho bajo el paraguas de lo discreto, tanto que parece que no sepamos vivir de otra forma y, sin embargo y pese a las miradas ajenas, querernos tanto. Pese a todo lo que esté por vivir, sigue acompañándome. Porque de todos los mundos posibles, este fue el que elegimos: tenernos el uno al otro. Y no imagino otros senderos que no me llevaran a ti, porque siempre estuviste ahí. Entre los fugaces bailes, los insistentes zumbidos y la suave caricia a escondidas. 

Te espero en el futuro y en todos los 28 de diciembre de mi vida.
lunes, 7 de mayo de 2018 0 comentarios

Confesiones de un tiempo indeseado

A MB.

He viajado siempre contigo, y ahora que no estás comienzo a comprender qué es viajar solo. No puedo mentirte: hubo sonrisas, pero no volví a reír como solo se podía hacer contigo. No quiero ofrecer la imagen de un hombre que sufre, pero tampoco puedo evitar los suspiros cuando intento tomar tu mano y solo encuentro el vacío de la inmensa soledad. Una soledad que se me hace eterna porque nunca termina a tu lado.

El viento me recuerda a tus caricias, le falta tu delicadeza, le faltan tus manos.  Y no hay voz que me recuerde a ti, salvo cuando rescato tus mensajes ya vacíos de esta fría tecnología. Debo confesarte que que he seguido con la mirada tus rizos paseando por la ciudad, tu silueta hipnótica me ha desilusionado en un rostro ajeno. Apenas pasa un día sin que revise tus fotografías para intentar retener tu mirada, pero les faltan toda la emoción. Como a mí me faltan las fuerzas para volver a fotografiar nada donde ya no esté tu presencia. Ahora no soy capaz de llorar y sé que te debo cada lágrima. Vivo en una felicidad acordada para los demás, contando en secreto las horas desde que te marchaste y aprendiendo a vivir como un niño huérfano que sigue esperando en la cancela del orfanato a sus padres.


Hoy te hubiera regalado de nuevo todos los besos. Y te hubiera visto abrir todos tus regalos. Ese rostro de ilusión eterna que a pesar del tiempo siempre tenías. Lamento sobre todo no volver a sorprenderte, a hacerte reír una vez más. Hoy me olvidaré del dolor, de mi vida, del futuro incierto. Y te confieso como un último regalo que nunca se borrará tu huella, aún cuando tenga que vivir años sin ti, años que se trastocarán en siglos en mi cabeza. Y si eso no es amor, quizás me equivoqué de sueño.
jueves, 28 de diciembre de 2017 0 comentarios

La metamorfosis del amor

A MB.

En las noches tenues, de cielo despejado y frío, con estrellas en el cielo, le gustaba mirar por la ventana hacia el cielo y soñar despierta en todos esos mundos posibles, pasados o futuros. Y preguntarse entonces por el amor.
-¿Te amaré para siempre como te quiero ahora?
Me preguntó una de esas noches, mientras la última nota del piano se desvanecía en el aire. Nos miramos, ella con curiosidad risueña, yo con cierta inquietud, pensando que mi respuesta quizás borraría aquella serenidad.
-No.
Dejé que la respuesta sonara seca y aislada. Como una piedra que cae en el agua mansa de un lago. La tormenta surgió como esperaba en el brillo de sus ojos. Noté la decepción abrazando a la ansiedad. Las preguntas se abalanzaban dando paso a la inseguridad.
-¿Por qué? ¿Por qué dices que no?
-Porque nunca el amor es el mismo a cada momento, igual que resulta imposible bañarse en el mismo río, cariño. 
Me levanté para abrazarla por detrás, mientras ella seguía mirando hacia el cielo, buscando quizás una mejor explicación.
-No será siempre igual -me reafirmé.
-¿Qué quieres decir? -insistió- ¿Todo se acaba? 
-No, la esencia se mantiene. El amor seguirá estando, pero no será el mismo. Un día comenzó el aleteo de una mariposa, entonces tan solo nos queríamos, sí, nos queríamos, como se quieren los amigos cercanos. Entre la confianza y las bromas juveniles. Pero aquello pasó también, cambió.
Le di la vuelta para que nuestras miradas volvieran a cruzarse.
-¿Recuerdas aquellos días tras confesarnos nuestro amor? ¿Aquellos tenues roces con los que avanzábamos lentos hacia la pasión? Algún beso suelto, un baile a destiempo entre la multitud, las confesiones a nuestros otros amigos, dormir separados por pudor o ni rozarnos cuando decidimos compartir habitación. Ese timidez de nuestros cuerpos que retenía todo el torrente que bullía dentro, ¿lo recuerdas?


Asintió, comprendiendo entonces mis palabras.
-Claro, sí, me acuerdo bien -dijo mientras con su mano acariciaba mi mejilla- También lo que vino después. Aquellos viajes, aquellos regalos, los aniversarios, cuando conocimos a nuestras familias... También las discusiones, los momentos de rabia, esa incomprensión... Y después...
-Y después, y después... Hasta ahora -bajó la mano, la sujeté- Ha habido momentos para dejarnos marcados a piel. Y otros que nos gustaría olvidar. En todos estos años, nuestro amor cambió, como creo que cambiará. Ya no somos los mismos, cariño, pero seguimos amándonos y seguiremos cambiando ese amor. A nuestro particular modo, como cada pareja se ama, sin más. No temas lo que vendrá, ni bueno, ni malo, porque dependerá de nosotros.
Me besó. Quizás para callarme, quizás para pasar a otra cosa. Aquella noche el frío se acabó rápido. También las inseguridades, los miedos. Tan solo quedó desnudo el amor. Un amor que ya empezaba a cambiar.

Cuando desperté a su lado, con la mañana cayendo entre nosotros, tan solo pensé que no sabría adivinar echando la vista atrás cómo había llegado hasta ese lugar en aquel momento, pero que me gustaría recordarlo para siempre.



domingo, 7 de mayo de 2017 0 comentarios

Que por mayo era, por mayo

Que por mayo era, por mayo, 
cuando hace la calor, 
cuando los trigos encañan 
y están los campos en flor, 
cuando canta la calandria 
y responde el ruiseñor, 
cuando los enamorados 
van a servir al amor
[...]
Romancero del prisionero

Supongo que si llegase el día en que no florecieran los claveles o se quedasen cegados los girasoles o se oscureciera el sol o los mares inundaran cada rincón de este mundo, supongo que si llegase el día en que nuestros cuerpos reposasen en la inmortalidad del sueño, supongo que entonces tan solo me quedaría el recuerdo. Como el aleteo de una mariposa, tu recuerdo. Nunca los días exactos, ninguna fecha concreta de tantas que vivimos, tan solo tú, como siempre has sido.

Era por mayo. Lo recuerdo bien, aunque nunca estuve allí. Tardé en llegar, pero quise quedarme para siempre. Mientras tanto, las tormentas de una vida confusa, los giros inesperados, los caminos más insospechados, urdían todo para hacernos topar el uno con el otro. Tú, la niña alta en aquel patio de colegio, yo casi el polizón de un grupo un curso mayor. Entre bromas, viejos conocidos ya, alguna anécdota estudiantil, vino el paso a un instituto por estrenar y poco a poco nuestros lazos se estrecharon más. Lazos estrechados por la cercanía de la palabra escrita, de algún inesperado zumbido, de esa ventana hacia la profundidad de redes, hacia nuestra profundidad. Cada vez nos decíamos más, pero sin hablar demasiado. Curiosa paradoja.

Pensar ahora en todo aquel camino se me antoja distante, como si aquellos fueran dos extraños, dos que sabían más bien poco del futuro o de lo importantes que acabarían siendo el uno para el otro. Resulta entrañable pensar en aquellos momentos íntimos que compartimos como amigos, porque quizás nunca los hemos visto desde el prisma de los recuerdos conjuntos de una pareja. Todo se tejió con el paso lento de los años, aunque ahora nos parezca que haya sido una brisa en el tiempo.

Recuerdo a la muchacha que se escondía detrás de una columna, la reconozco en la mujer que duda antes de tocar a la puerta. Recuerdo a la joven que lloraba en las escaleras por sentir la decepción y la frustración, la reconozco en la exigente profesional que labra su futuro con constancia y esfuerzo.

Recuerdo tu cercanía con aquellos a los que admirabas, incluso a tus amores platónicos y tus pequeñas obsesiones, la reconozco todavía en esa sonrisita que se te dibuja cuando hablas de ciertas personas, en tu forma de sentirte agradecida y en tus ganas de aprovechar la ocasión para vivir tus experiencias soñadas... conmigo.

Porque, sin duda, de no haber sido por ti, ¡cuántos momentos únicos se hubieran perdido en mi vida! Cuántas ocasiones en las que tu simple deseo me empujó para tratar de hacerlo realidad. Recuerdo también tu risa estridente, no la has perdido, ni tu buen oído, ni tu sonrojo de vergüenza. Ni esa radiante sonrisa de felicidad cuando descubres las sorpresas que te preparo. Sé que te has quejado de que yo no soy así, pero, ay, si supieras la alegría que me invade cuando veo esa sonrisa. Cuando sé que he podido hacerte feliz a pesar de que haya siempre motivos para no estarlo. Porque por efimeros que sean, siempre valdrán la pena.

He pasado las páginas del calendario a tu lado. Y son más los años que he pasado conociéndote que los que pasé sin saber nada de ti. A veces pienso en la vida distinta que hubiéramos tenido de habernos decidido antes. Pero el tiempo solo marcha en una dirección, aquella a la que debemos mirar. Hoy recordamos lo que pasó en aquel mayo de 1991. El aniversario del nacimiento de la mejor flor de cualquier mayo, que nunca se marchita porque no solo es belleza, también es alma. También es mar. Y estrella.

La estrella que seguirá brillando aún cuando su cuerpo se haya extinguido en el final de los tiempos.



sábado, 14 de enero de 2017 1 comentarios

Estrellas que mueren

Hoy hace un año que falleciste y he pensado en lo rápido que ha pasado el tiempo. Tan rápido que no me di cuenta de tu ausencia. Que no te he echado en falta, aunque sufrí cuando supe que habías muerto, me entristeció, pensé que, en fin, contigo se iba una parte de mí. Quizás me equivocaba, pero en aquel momento lo sentí real. No, me equivocaba claramente. Me equivocaba porque no te echo de menos, no me acuerdo de ti salvo porque ha llegado este macabro aniversario y me lo recuerdan otros.

Es evidente. No te quería tanto como pensaba. En realidad, seguramente nunca te quise. Porque no te conocí nunca. Porque nunca compartimos un momento juntos, o al menos no de la forma en que hubiera podido desear. En realidad, yo estaba contigo, yo te veía, o te escuchaba, o te leía.. pero tú a mí no. Nunca nos cruzamos el tiempo suficiente como para que en mi vida note que me faltas. Y, sin embargo, me duele ver que ha pasado un año desde tu muerte, que ha pasado tan rápido, tan... sin darme cuenta, sin percatarme de que el impacto se fue. Que incluso vinieron otros. Y que también con el resto sentí algo similar.


Lo confieso: no sentí lástima de ti, sentí lástima por mí, o por nosotros, por todos los que nos quedamos. Sentí pena porque contigo se fue una parte de mí, todo aquello que hiciste y que yo relacioné con mi identidad, con la persona que hoy soy. Y también porque contigo se iba tu futuro, tus posibilidades de seguir removiéndome, hacerme sentir de nuevo una conexión especial o, simplemente, disfrutarte. 

Nunca te conocí, no veo por las calles tu recuerdo, no me acompaña en el corazón tu ausencia y, sin embargo, cuánta tristeza, cuánto dolor me da pensar que desapareciste para siempre. Y que contigo se fragmentó mi pasado y parte de mi ser.
miércoles, 28 de diciembre de 2016 1 comentarios

Despertares de un vacío

Para lo que siempre hubo espacio fue para los huecos vacíos. Tratas de evitarlos, pero suceden, nada puede ocultarlos y ahí están, mirándote como te miran solo las cosas vacías. Inexistencias donde no habita ni la felicidad, ni la tristeza, ni la angustia, ni la ilusión. Y esos vacíos llegan como olas que arrastran todo lo que te rodea, sin importar lo que sientas, lo que hicieras, lo que mantuvieras intacto entre tus manos. Seguro que si te hablo de ellos, los recuerdas. Pero solo entonces. Solo cuando alguien te obliga a recordarte que hubo momentos de tu vida en los que no viviste.  En los que te arrojaste a no sentir con todas tus fuerzas, a detener el tiempo, pero tan solo el tuyo. Que todo viviera, menos tú. Que por unos minutos, la Tierra girase contigo, pero tú ya no estuvieras aquí, ni en ningún sitio. Suena desolador, aunque al recordarlo no encontrarás ninguna desazón. Simplemente vacío. Nada.

El mejor despertar de un vacío eres tú. Retornar de la nada para encontrarte a ti. Recordar entonces todo lo que hemos vivido, todos nuestros sueños cumplidos, todos nuestros sueños por cumplir, los años que han de venir, los años que ya pasamos juntos. Todo lo que hasta ahora te he escrito y la mitad de todo lo que me espera por escribirte. Al final, cuando despierto del vacío, la mano que quiero agarrar es la tuya, el beso que quiero dar te pertenece a ti, el abrazo en el que quisiera encontrarme es el que aún deseo darte. Los vacíos de mi vida siempre encuentran tu mirada para llenarse. Junto al recuerdo de mis vacíos, la memoria de tu existencia sigue sumando años.


Yo también he visto tus vacíos. Tus momentos perdidos en la nada. Entonces me he quedado mirándote, he analizado cada rayo de luz que rozaba tu piel, cada sombra, cada poro, cada cabello cayendo en cascada, uniéndose a los demás en una interminable confusión. El vacío de tu mirada y tus ojos en la nada. Tu boca quieta, como si acaso el silencio fuera su mejor casa. La quietud que te rodea. El silencio que se escucha. Y mi mano tocando tu mejilla, tus ojos despertando y buscando los míos, la sonrisa que se dibuja entre tus labios, el beso que nos damos, el abrazo en que nos fundimos. Ese momento en que rompemos el vacío del otro y vivimos el uno para el otro. Esos momentos por los que merecieron la pena seis años y por los que merecerán la pena los próximos sesenta. Porque cuando los vacíos se llenan de amor, regresar a la vida es un alivio.


domingo, 18 de diciembre de 2016 0 comentarios

Las imperfecciones de tu belleza

Anoche, como cada noche en las últimas semanas, te quedaste dormida antes que yo. Y como todas esas noches, antes de apagar la luz, cerré el libro que estaba leyendo y me quedé mirándote. No, no estabas guapa. No eras lo mejor que he visto en mi vida. No tenías una expresión que pudiera sustituir otros rostros, otras caras. Pero allí estabas, durmiendo a mi lado. Segura, tranquila, en calma. Y me daba igual que se te torciera el gesto por la gravedad, que tuvieras la marca de la sábana en la mejilla, que se note entre tus ojos la señal de las gafas quitadas. No me importa que tu pelo se distribuya salvaje por toda la almohada.

Mañana, cuando estés despierta, quizás otro día, trataré de hacernos una foto en cualquier momento. Y te quejarás, y me dirás que estás fea, que ahora no, que qué mal sales. Anoche no te importaba. Y a mí tampoco lo hará mañana. No duermo a tu lado por tu belleza, no espero que siempre estés perfecta, no quiero que nuestros recuerdos sean una pose mal disimulada para quedar bien, sino la sonrisa espontánea de algún buen momento, nosotros despeinados al amanecer, compartiendo en la intimidad uno de esos breves instantes eternos.


Nunca te quise por tu belleza. No puedo amar a nadie por su belleza. Sería como tratar de querer vivir siempre en un instante imperecedero, sería mentirme, engañarte, sería caer en una trampa que nos tienden continuamente. La idea de que debemos ser siempre jóvenes, siempre bellos, siempre perfectos, la idea de que no te puedo querer con tus defectos, de fingir que no hay ninguna arruga, de que no me fije en tu marca de nacimiento, de que acaso no sepa que escondes bajo la ropa. De que no sepa que te quiero porque eres tú y no porque es tu cuerpo.

Todo se desvanecerá, como se pudre la fruta que olvidamos, como caducan las hojas que pisaron nuestros pies, como se derretirán las cimas que ahora arden de blanco furor. Y aún así, me quedará ese momento, junto a una tenue luz, en que te pueda mirar y, en verdad, no te mire. Porque nunca amaré ninguna imagen particular. Porque te amo a ti, a todas tus imágenes, a todos tus sonidos, a toda tu vida. Y anoche, mientras dormías a mi lado, mientras torcías el gesto, mientras te despeinabas, también.
domingo, 21 de agosto de 2016 2 comentarios

Ahora que vienes al mundo

[...]
Desperté de ser niño. 
Nunca despiertes. 
Triste llevo la boca. 
Ríete siempre. 
Siempre en la cuna, 
defendiendo la risa 
pluma por pluma.
[...]
Miguel Hernández

No te creas todo lo que te cuenten, todo lo que te enseñen en el televisor, no confíes en que lo que lees sea lo correcto. Ni siquiera me hagas siempre caso. Porque al final querrás descubrirlo por ti mismo. Y me harás sufrir. Y quizás piense, en maldita hora, que para qué tanto esfuerzo, tantas noches en vela por ti, tantas preguntas sobre dónde está aquel que fuiste una vez y que ya nunca volverás a ser. Me mirarás como a un extraño cuando nos crucemos por la calle mientras vas con tus amigos. O quizás te sonrojes. Te podrá la timidez mientras un amigo te da un codazo y los otros se ríen. Te romperán alguna vez el corazón. No me lo dirás, pero espero adivinarlo en tus ojos. Espero poder dejarte un abrazo en el momento justo. Y que nunca me cierres la puerta porque algo te duele. Nunca seré tu amigo. Pero nunca me perderás.


No me importa qué decidas hacer con tu vida. Tan solo espero de ti que seas feliz sin hacer daño a nadie. Comprende, sin embargo, que alguna vez me enfade contigo. Me he enfadado hasta con mi mejor amigo o con la persona a la que amo, ¿por qué no contigo? Incluso te diré algún tópico que tengo metido dentro. No me hagas mucho caso, es solo que te estoy tratando de mostrar que te quiero. Que yo he transitado esos caminos y que por experiencia sé como acabarán... ¿pero sabes qué es lo mejor? Que aún a mi edad también me puedo equivocar. Que los tiempos y las personas son distintas. Solo que me dolería tanto que te lastimaran como lo hicieron conmigo que en el fondo no me perdonaría no haber sido capaz de evitarlo.

Perdóname cuando creas que no te quiero. Perdóname si alguna vez soy yo quien te hace daño. Perdona mis manías. Y aunque estemos alejados, aunque ya no nos hablemos, aunque veamos la vida en direcciones opuestas, recuerda que hoy te tuve entre mis brazos, como tantos otros días, que te he visto sonreír, llorar, que te conocí cuando ni siquiera me conocías, que te he querido como no se puede querer a alguien, de esa forma única en que lo hacemos los padres. Y perdóname. Porque aunque quizás nunca me lo digas, aunque yo no te lo diga, no podré evitar sentir que en ti hay una parte de mi mundo que ya nunca volverá a mí. Un día lo comprenderás. Y espero que ese día sonrías. Sonrías como lo hago yo mientras te acuno por primera vez.
martes, 2 de agosto de 2016 1 comentarios

Un ratito más

Y sé que volverá a patalear. Que no querrá irse a la cama otra noche más. Que me sollozará porque nos quedemos un poco más. Supongo que en algún momento me dirá cuánto me quiere y tratará de excursarse en lo bien que se porta. Supongo que volverá el mismo cuento de cada noche. De no tengo sueño aunque se le caigan los párpados, de un rato más. Quizás media hora, quizás dos. Por favor, esta noche es especial. Como todas, cariño. Y así pasarán unos cuantos años, entre sus tímidas o bravas peticiones y mis continuos rechazos. Qué duro es tener que negarte un deseo, cielo. Pero mañana cuando te despiertes empezará un nuevo día. No creas que yo no lo lamento. Porque cada noche que empieza es un día menos a tu lado y un día más para que comiences a alejarte, quizás a conocer a otra persona que conquiste tu corazón. Qué duro es ser padre en tiempos de sueños.

jueves, 28 de julio de 2016 0 comentarios

Retrato a retazos

Hay hechos que cambian una vida para siempre. Y con ella, la de todos los demás. No sé siquiera si yo hubiera sido tal como soy si tú hubieras estado, ni siquiera acaso si hubiera nacido. Pero siempre me quedaré con las ganas de haberte conocido. Siempre pensaré que me perdí momentos que nunca existieron. No digo que no haya sido feliz, pero muchas cosas hubieran sido distintas. Estoy seguro.

Tú eres uno de esos ¿y si...? en los que no me importa perderme. He ido rescatando retazos de ti como si fueras un sueño. Recuerdos prestados que forman un retrato entre el idilio y las anécdotas. No creo que fueras perfecto, nadie lo es. Pero también sé que lamento no haberte conocido, porque me perdí a alguien único. Y a alguien con quien siento que compartía cosas. Cosas que quizás tú hubieras comprendido mejor que nadie. Pero no, no estabas. Te llevó la enfermedad demasiado pronto y dejaste tras de ti mujer, una niña y dos niños pequeños. Uno de ellos ni siquiera te recordará bien. Y claro, ¿cómo me ibas a conocer a mí? Si yo llegué a nacer siete años tras tu muerte.

Para empezar a recordarte, me gusta pensar en las fotos que guardo de ti, esas fotografías que tanto tardé en descubrir escondidas en una vieja maleta. Resguardadas para evitar que la memoria se tiñera de nostalgia y melancolía por una desgracia compartida. Nadie guarda de ti malas palabras. Dicen que nadie las guarda de quienes mueren, pero a veces lo dudo. Tan solo que sufriste. Que tus últimos días fueron los peores. Momentos de auténtico pánico que aún hoy lograron hacer llorar a tu Magdalena; dejaste una cicatriz difícil.

Sí, te vi fumar. Y también sé que te gustaba el boxeo. No comparto contigo esas aficiones, pero es por ti por quien me hice cofrade antes aún de saber lo que eso significaba. Tradición familiar. Y te veo tan joven, vestido de romano en una Semana Santa. O portando alguno de aquellos primeros tronos. Supongo que lo vivías con la devoción habitual de la época, pero hay algo en esas imágenes que me hablan de emoción, incluso de felicidad. Esa sonrisa que se te escapa hacia quien te hacía una foto en blanco y negro con tu escudo. La misma sonrisa que no pudiste evitar al tener a tu hija entre brazos, aunque apenas se te viera el rostro, cortado por un mal encuadre.


Te gustaban los niños. A ella no, pero tú querías llevarlo todo adelante. Al final la dejaste sola con ellos, y aún así, te entiendo bien. Se habla mucho de ese deseo de maternidad como si acaso no existiera el deseo de paternidad. Esa felicidad que se nota al compartir momentos con tus hijos, con tu familia. Ese brillo en la mirada durante los cumpleaños, durante otros tiempos más fáciles para todos. Pero tranquilo, también hubo imágenes para momentos más cotidianos, incluso no siempre sales sonriendo. Ya te dije que nadie era perfecto.

Pescabas, hasta ganaste algún premio cazando pulpos. Te vi como un escuálido adolescente en tiempos monocromos. Y con un gran bigote mirando el televisor. Sé también que reconocías la talla de las personas solo con mirarlas. Y que te fuiste en Navidad.

Hoy te he vuelto a recordar porque te tengo presente. Eres en mi cabeza la sombra de una persona que nunca conocí. Quizás como un personaje más de ficción. Y, sin embargo, veo tu huella en tantas personas que me rodean... que sé que eres tan real ahora como cuando estabas vivo.

Y que parte de lo que yo soy, también te lo debo a ti.

Gracias, abuelo.

sábado, 23 de julio de 2016 0 comentarios

Hay golpes en la vida...

No sé dónde estabas, no sé por qué no te llamé, no sé quién lo hizo, no sé qué pensarás, no sé cómo sonríes, no sé cuándo volverás, no sé siquiera las cosas que te hacían feliz. Y aún así estoy aquí, buscando las razones a las preguntas que no tienen respuesta, demasiado lejos de ti como para salvarte, demasiado cerca como para sentirme impotente, demasiado tarde para enmendar mis errores, demasiado pronto para el remordimiento.

En el momento exacto en que pensé que nada podría ir mal, me has dejado un vacío en el estómago que me golpea hasta el corazón. Nunca he sentido más vértigo que al verte tan perdida en ti misma, tan oscurecido tu rostro y tu sangre aún pintando charcos.

Antes recordaba tus palabras, ahora te comprendo. Antes dibujaba corazones en los cristales empañados, ahora golpeo las ventanas en busca de respuestas. Antes sabía que te quería, ahora sé que mi vida no será igual después de ti.

Quédate. Regresa. Y ayúdame a descubrirte como nunca lo hice.


sábado, 7 de mayo de 2016 2 comentarios

Solo una verdad

A MB.

Cuando ella se marchó por aquella puerta, me quedé pensando en todo lo que había pasado entre nosotros, en cómo la había conocido, cómo habíamos vivido juntos estos últimos años y cómo sin saberlo surgió el amor entre nosotros. Por eso me sorprendió cuando diste aquel portazo y cerraste con él los años que pasamos juntos. Porque no te amaba. O porque no te quería como tú querías que te amara. Quizás vuelvas luego, lo deseo. Porque no sería la primera vez que me equivoco y tú provocas que me dé cuenta. Tú me señalas el camino a seguir, aunque a veces sea yo el que ilumine tus pasos. Supongo que vamos creando entre ambos las piedras a pisar en nuestro futuro. Por eso te envío esta falsa carta, por eso te hablo en el silencio de este salón en que no estás, pensando todas las palabras que no te he dicho, que ahora se me ocurren porque es el momento perfecto para desperdiciarlas en mi mente.

En verdad no te has ido. Ella sigue en esta casa, pero está como ausente. Llueve entre las calles y tú no sabes que estoy teniendo miedo. Que hay un miedo que me atenaza el alma. El miedo de no tener un futuro contigo. El miedo de no cumplir con aquello que siempre te he prometido. El miedo de olvidar las promesas. El miedo de que no seamos capaces de querernos en el tedio. Pero es un falso miedo. Tú lo sabes, yo lo sé: nos conocemos desde que tenemos memoria y nunca nos hemos fallado como para alejarnos. Hoy no espero que sea ese día.

Hoy espero darte más felicidad, un poco más, con el deseo de regalarte un día más. Porque un día más junto a ti es un motivo más para ser feliz. Hoy son veinticinco años, pero espero ver pasar muchos más en el calendario junto a ti. Ver tu cuerpo a mi lado cada despertar y cada noche, ver cumplirse nuestros proyectos, ver que los días atardecen y que pueden volver a amanecer, ver el mundo que nos espera. Cuando te diste cuenta de que te estaba mirando, te turbaste. Y con una solemnidad inaudita te dije:

-El futuro vive en la posibilidad de lo que hagamos hoy. Y hoy decido quererte.

Y supe que te decía la verdad.
martes, 2 de febrero de 2016 0 comentarios

Un instante de serenidad

Ella no lo sabe, pero la estoy mirando. La veo meditar ante todos esos folios, ante el libro que sostiene entre sus manos, sumida en sus pensamientos y reflexiones, moviendo un bolígrafo cerca de su boca, mordisqueando ocasionalmente el tapón, escribiendo o subrayando, se acaricia la mejilla, se aparta un mechón de pelo, tuerce el gesto, parece seria. Y qué belleza desprende.

Ella no lo sabe, pero la estoy mirando como se mira a quien se ama. Ella en su mundo interno, yo en otro universo. Aún no se ha dado cuenta y temo el momento en que me descubra, en que nuestros ojos se entrecrucen y se rompa este instante de serenidad. Este silencio entre los dos, esta ausencia de comunicación en la que ella me dice cosas que siempre calla cuando realmente me habla.


Ese instante de plenitud en que dejamos de estar aquí. Reconforta el alma saberse tan seguro de estar tocando un instante del alma del otro.

-¿Qué haces?

Se rompió el momento, ella me sonríe como el niño al que se descubre en su travesura, con la timidez de quien se desnuda frente a otro por primera vez sabiendo que está a punto de entregarse. Ambos nos reímos. Y yo me quedo esperando. Esperando otro instante de serenidad.
jueves, 31 de diciembre de 2015 0 comentarios

Tiempo que pasa

Qué lento pasaba el tiempo que tan rápido ha pasado.

A Mercedes le dijeron que nunca valdría la pena esperar, que esperar supondría morir cada día, como si la vida no fuera acaso descontar los días para un final incierto. Pero ella nunca se separó de la cama del hombre que le había preguntado qué haría en los próximos cuarenta años.

A Álex nunca le aceptaron en la escuela de música y deambulaba por las calles tocando una vieja guitarra que encontró entre la basura. Sé que lo pasó mal. Aún le recuerdo paseando en las calles nevadas, tiritando de frío y con una garganta en su canción. Tras besar a su hija en la frente, se subió al escenario olvidando otros tiempos, tiempos donde un negro no podía cantar.

A Sara le gustaba mirar pasar los coches desde su ventana. Hasta que una mañana de abril decidió correr las cortinas y tratar de olvidar que en uno de ellos se fue la vida de su madre.

A Marianela nunca le gustó su nombre, pero se enamoró de la forma en que lo decía Galdós. Una romántica que leía en la trastienda del bar las noches en que sus padres se deslomaban porque alcanzara algún día la universidad.

A Rosa le gustaba pasear por el parque de la mano de su novio, porque nunca pudo hacerlo de la mano de sus padres.

A Lucas no le gusta llorar porque los hombres nunca lloran, pero se olvidó del prejuicio cuando la acunó entre sus brazos, cuando le concedió un baile en su boda y cuando volvió a tararear otra nana.

A Jacinto le costaron tres matrimonios, cinco hijos y cincuenta cenas de Nochebuena descubrir que solo consigo mismo bastaba para ser feliz.

A Joaquín le tiembla el pulso cuando trata de escribir, porque el tiempo se le echó encima y poco a poco ha olvidado lo que sentía por su mujer. Los votos nunca se deben dejar para última hora, menos cuando te apoyas en la espalda de otra mujer.

A Pedro le gustaba mirarse al espejo y disfrazarse de Penélope, pero su hermano mayor siempre prefirió el frío desprecio y los viejos ojos morados. Algunos días hay quien se gira cuando Penélope pasa por su lado abrazando a su marido.


A Torres Espínola le crecían los negocios debajo de la puerta, los papeles verdes le devoraban la oficina y se creía rey de algún lugar olvidado de la justicia. Sus hijos ya no esperan que su padre les arrope, ni él se pudo llevar su riqueza a la tumba.

A Gabriel, su hija se le fugó con un novio. Pero cada Nochebuena sigue poniendo sus cubiertos a la mesa, esperando que él se la devuelva de la muerte.

A Teresa cada fin de año le recordaba que ya nunca oiría sus voces, pero miraba la cena en la mesa y sonreía con entereza para no apagar la sonrisa de sus nietos.

A Sara le costó veinte años descubrir el esfuerzo de su abuela. A Gabriel tan solo cuarenta. Rosa lo supo desde el principio.

A Raimunda se la espera siempre en su casa, sus hijos lloran por la noche, su marido abrumado por la pena espera en la puerta como un perro fiel. Cuando la puerta se abría cada noche, llegaba la felicidad a su silla de ruedas.

A Juan nadie lo quiere más que Quique. Todavía bailan cada Nochevieja en plena Puerta del Sol, donde fingieron conocerse por primera vez y olvidaron que Juan lo abandonó por anhelar una vida normal.

A Lucía le apasionaban los cuentos de príncipes azules y perdices para cenar. Aunque hoy despliega su pasión con María en el balcón.

A Enrique le encantaba la tradición, engalanar su casa por Navidad, divertir a sus hijos, bailar con su esposa en el salón, rasgar el ambiente con una guitarra, leer un cuento cada noche junto a sus camas. Y nunca tuvo reparos en abrir un rincón en su corazón al novio de su hijo.

A Dolores siempre le dijeron que el amor era para toda la vida, y siempre lo quiso, a pesar de que otros hombres pasaran por su cama, y de que nunca le dijeron cómo amar cuando la vida se viste de luto.

A Ramiro le encanta pasar tiempo con los amigos en el bar, recordaba viejas juergas juveniles con ellos, pero cuando cerraba la cancela, tan solo deseaba tener más tiempo para su hija.

A Paula no se le olvida su primer viaje a Granada, viendo la literatura hecha tierra que su padre soñó hasta desaparecer. Porque ella misma encontró su sueño en aquel muchacho que balbuceaba en inglés canciones de amor.

A Luis, siempre tan tímido, se le hacía un nudo en la garganta cuando acercaba sus labios al oído de María Gabriela, para decirle tras cinco largos años juntos que todavía te espero entre mis brazos, como la primera y hasta la última vez.

Qué lento pasaba el tiempo que tan rápido ha pasado.
miércoles, 26 de agosto de 2015 0 comentarios

Nunca por los demás

-A pesar de tener una legión de seguidores, muy pocos saben quién se esconde detrás de tanta fama. Parece disfrutar manteniendo su intimidad y su pasado a salvo, ¿o está ocultando algo?

Nuestro entrevistado se tomó con paciencia su respuesta, comenzando a encenderse un cigarro al que llegó a dar una calada, para después soltar el humo por la boca y sonreír.

-Soy una persona humilde, sencilla, llegué al éxito por casualidad. Pero no, no tengo nada que ocultar. No hay cadáveres en mi armario, ni en mi maletero.

-Aún así, no es una persona a la que le guste hablar de su pasado. Seguro que le han hecho esta pregunta muchas veces, pero, ¿por qué cantar? ¿De dónde le viene esa pasión?

-Creo que he mentido muchas veces, pero, ¿sabe? Le voy a ser sincero. La casualidad fue el éxito, no la música. La música siempre estuvo ahí. Eso me valió bastantes disgustos, la verdad. Cuando recuerdo aquellos días hay una mezcla de rabia y nostalgia, porque cantaba porque quería, cantaba lo que oía por la radio, por la televisión, tenía a mis amigos cansados de mí. Pero lo peor era que no siempre tuve buena voz y ni siquiera afinaba. Algunos se burlaban de mí, lo recuerdo bien, me decían que cantara y se reían. Se puede decir que eran cosas de críos, no sé, pero ahí están, hundiendo la vida y los sueños a otros. Yo nunca fui cobarde, aunque fueran mayores que yo, y les gritaba que ya se dejarían de reír, que ya me verían cuando fuera famoso. Si otros habían podido llegar a vivir de su música, ¿por qué yo no? Me preguntaba. Y se lo iba diciendo a todos. Y se reían de mí, claro.


-Ahora muchos de ellos se estarán arrepintiendo, ¿nadie le apoyó en aquel momento? ¿Su familia...?

Se retorció un poco en su asiento y cortó mi pregunta.

-En verdad llegó un momento en que me daba igual, porque dejé de contar mi sueño. Mis padres no podían permitirse darme una educación musical y al final nunca me la dieron, pero tampoco cortaron mis alas. Sin embargo, creo que mi padre me dio la mejor lección para empezar este viaje. Siempre pensé que él no entendía mi sueño, aunque al tiempo he logrado comprender que quizás sí lo hizo. Quizás más de lo que nunca pueda creer. Nunca se salió de lo que había sido una vida encarrilada: su familia, su trabajo, su pueblo. Y, sin embargo, estaban esas tardes de domingo sentado en la terraza de nuestro piso, mirando al cielo, viendo volar a los pájaros. Mientras que una máquina de escribir iba cogiendo polvo en el escritorio del salón. Siempre me pareció que por las noches la escuchaba, pero con el tiempo llegué a pensar que eran ensoñaciones de mi infancia. Ahora sé que escribía, que siempre quiso escribir, que tenía un sueño como yo. Es curioso pensar que pasas gran parte de tu vida creciendo con alguien que te conoce desde que naciste pero del que tú, al final, llegas a saber tan poco. Supo que sufría esas burlas, supo que yo iba por ahí contando mis sueños. Y solo me dijo que si tenía un sueño, no lo aireara por ahí. Que era mejor que nadie lo supiera, no solo porque lo convertirían en un chismorreo, sino porque me lo recordarían, especialmente, me dijo, cuando no lo hubiera podido cumplir o cuando hubiera dejado de ser mi sueño. Cuando le dije que de verdad era lo que quería hacer, solo se encogió de hombros y me respondió que, en tal caso, lo debía hacer por mí mismo, no para demostrarle nada a nadie. Y desde entonces no volví a hablarle de mis sueños a nadie. No hasta que los cumpliera.

Tiró la ceniza. Dio otra calada y el humo que soltó después se quedó un rato en el ambiente, como el silencio.

-¿Su padre está orgulloso de que haya cumplido su sueño?

-Ojalá pudiera saberlo. Falleció un verano durante una de esas tardes de domingo, sentado en su terraza, cuando yo tenía once años. Creo que nunca llegó a ver ningún sueño cumplido.
martes, 26 de mayo de 2015 0 comentarios

Fobia

Desde que nos vimos supe que nunca podría volver a verte de la misma forma. Descubrí en ese instante en que duraron nuestras miradas que debía temerte. He tenido miedo desde entonces. Miedo de encontrarte. De verte arañando mi cuerpo. De notar tu rastro en algún lugar común. Y de saber que no puedo escapar.

Pero también descubrí en tu mirada el pánico, aquella emoción que te hizo retroceder a tu escondrijo y comenzar esta vida de cobardes que ambos llevamos.
jueves, 7 de mayo de 2015 1 comentarios

En los ecos de tu memoria

A MB.

Se quedó mirándolo absorta, con los ojos perdidos en el infinito, pensando en todo el tiempo que había pasado desde que se conocieron hasta ese mismo instante... ¿5, 33, 48... años? Ya ni se acordaba. Y él tampoco debía hacerlo. Se asemejaba a un niño pequeño, como sus hijos, los que tuvieron juntos, los que ya no estaban con ella. No, mejor dicho, era como un hijo más. La enfermedad era así... ¿cómo era? Alzheimer. Recordaba, eso sí, que alguien le había dicho que no merecía la pena pasar los últimos años de su vida cuidando de alguien que iba a olvidarlo todo. Qué tontería juzgar aquel amor en espera de un agradecimiento.

¿Cómo iba a dejarlo con extraños que no le amaran tanto como lo hacía ella, que hasta por la noche le hacía arrumacos como si fuera un bebé? Como cuando dormía junto a la cuna de su hermano pequeño. Y él la abrazaba con fuerza y podía escucharlo llorar y ella le decía: ea, ea, ea... Y la apretaba con fuerza y le mecía los cabellos y le besaba la boca... Y ella se ruborizaba como cuando fue adolescente, como en su primer beso durante un baile... ¿Dónde fue? Solo le venían a la cabeza las risas y el sonido de una música atronadora. Y su cálido abrazo.


No estaba tan mal, solo que a veces no la llamaba por su nombre... Le hacía tambalearse la idea de no volver a encontrarlo en medio de tantas lagunas. Pero siempre había ocasiones en que se cruzaban sus voces y conversaban por horas, hasta que la luna iluminaba tanto el cielo que comenzaba a amanecer. En esas noches, solían bailar, como antaño, como en el primer beso. Y repasaban uno a uno los nombres de su familia: los que ya no estaban, los que seguían cerca, los que estaban lejos y los nuevos, los recién llegados. Historias que se iban entrelazando y que a ella la dejaban agotada, mientras que él, con la cara iluminada, razonando como no solía escucharlo, narraba con seguridad y soltura cientos de anécdotas de una vida que parecía pertenecer a otras dos personas, pero que era la historia de sus vidas.

Fijó su atención en la taza de té que había a su lado, no recordaba cuándo la había preparado, pero aún estaba tibia cuando la probó. Los últimos rayos de sol del atardecer se filtraban por la persiana y proporcionaban luz a la penumbra de aquella habitación. Vio entonces que él estaba allí de pie, mirándola. Sus ojos se cruzaron y él sonrió. Parecía lúcido. 

-Ven, mi pequeño Alejandro, ven -dijo ella, sabiendo lo que aquella mirada traviesa significaba.

Y Gabriel abrazó con ternura a su mujer enferma.
sábado, 14 de febrero de 2015 0 comentarios

Siempre vale

Cuando tomas la decisión de comenzar a caminar, tienes que estar dispuesto a aceptar el camino que te toque deambular. Eso mismo hice contigo. Sabía quién eras y aún te fui descubriendo más por este sendero que juntos comenzamos un veintiocho de diciembre. Puede que sonara a broma, pero en realidad iba muy en serio. Tanto que pasan los años sin que nos demos cuenta. Yo ya tenía alguna cana escondida entre mi pelo mientras que tú has mantenido las rosas negras de los rizos de tu pelo. Cuando miro atrás, la vida se bifurca en miles de posibilidades... y ninguna vale. Porque sé que la correcta, la que siempre vale, fue la que tomé y sigo estando a tu lado.

Y aún veo qué nos queda por recorrer y corro con más fuerza, pero también con más cautela. Porque no quiero que por el ansia de llegar a nuestros sueños, me pierda el esfuerzo vital de haber llegado a tu lado. No quiero dejarte atrás, sino empujarte hacia lo más alto. Ser tus fuerzas aún cuando las lágrimas quieran llegar a tierra. Luchar contra la gravedad y contra los miedos, las discusiones y peleas. Vencer molinos que parecían gigantes... pero que no eran más que molinos que dejar atrás en el paisaje. 


Te conozco y sé cómo cojeas. Y no te quiero a pesar de ello, sino con todo ello. Porque en ti, todo siempre vale. Porque no se trata de cerrar los brazos al reencuentro, ni cerrar los ojos a lo evidente, ni hacer oídos sordos a las palabras, tampoco de enfrentarlas como ogros, sino llegar a trazar en las adversidades un puente entre ambos. Que cuando un río separe nuestro andar, no dejemos que la corriente se trague a uno de nosotros, sino rescatarnos mutuamente o morir ahogados en la violencia de un último beso. Pero mejor rescatarnos, que si no, el viaje se acabaría aún antes de poder mirar atrás y decir: sí, siempre vale, siempre valió cada paso que dimos, mereció la pena. Porque ahora que sé que me marcho a otro camino aún más lejano, sé que si me quedara, aún podría celebrar con alegría cada catorce de febrero, como puedo celebrar cada día de marzo, y de mayo... y de todo el año.
domingo, 28 de diciembre de 2014 0 comentarios

Diario de abordo

El sol de esta noche no ilumina nuestra travesía, pero estoy contigo y eso me da fuerzas para continuar cada día, cada semana, cada mes, un año más. Las olas nos dejan a la deriva, la potencia del viento nos impulsa lejos de nuestro destino, pero nos agarramos a los remos y seguimos hacia delante. Desde que empezó este viaje, hemos sondeado mares extraños, tormentas imposibles y también aguas en dulce calma, cristalinas y bellas. Preciosas playas de islas desiertas. Un suave rumor de brisa fresca ha tocado tu cara y el aire se ha perfumado de tu presencia.

Mañana cuando vuelvan a despertar las flores, cuando la luna se pasee durante el día y las estrellas no brillen en el firmamento, cuando los hielos se derritan y la sombra arda, mañana cuando tú y yo no estemos, mañana, entonces solo quedará el recuerdo entre cenizas y arena de nuestros nombres armados en este texto. Hasta entonces, mi vida, que sirva para pensar en nosotros y en nuestra vida.

La primera vez que te vi no fue especial, lo especial fue comenzar a verte de otra manera. La primera vez que hablamos seguramente fue lo más normal del mundo, todo lo contrario que el primer te quiero. La primera vez que me llamaste por mi nombre no logro recordarla, pero aún escucho en mi oído cada susurro con el que me nombraste. La primera vez que nos despedimos no me dolió, hoy cada despedida me parte el corazón. El resto de primera veces las recuerdo perfectamente. Te he visto dormir apoyada en mí y he acariciado cada uno de tus cabellos. He visto pasar los años a tu lado y solo espero seguir haciéndolo. Hasta llegar a la última playa.


Esa playa donde recordar toda nuestra vida juntos. Aquella donde nos reiremos de todos nuestros sufrimientos, aquella donde lloraremos por nuestras alegrías. Aquella donde repasaremos estos primeros años y descubriremos que tan solo eran los primeros avances de un largo, larguísimo viaje. Aquel que en verdad estamos ahora empezando, porque siempre empieza cada 28 otra vez, como un fénix que renace de sus cenizas, como un barco que llega a puerto para seguir navegando, como tu sonrisa cuando hace brillar el mundo entre mis brazos. El mar sigue ahí, pero está para navegarlo.

Cuando echo la vista atrás, todos los rincones de mi memoria tienen tu nombre. Ya no has dejado ningún rastro sin tu presencia y no deseo realmente que quede ninguno que no lo tenga. En todo pones tu mirada y en todo dejas tu huella. Será por eso que ya no tengo más camino que seguir tus pasos allá donde me lleven.


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