Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo. Mostrar todas las entradas
martes, 2 de agosto de 2016 1 comentarios

Un ratito más

Y sé que volverá a patalear. Que no querrá irse a la cama otra noche más. Que me sollozará porque nos quedemos un poco más. Supongo que en algún momento me dirá cuánto me quiere y tratará de excursarse en lo bien que se porta. Supongo que volverá el mismo cuento de cada noche. De no tengo sueño aunque se le caigan los párpados, de un rato más. Quizás media hora, quizás dos. Por favor, esta noche es especial. Como todas, cariño. Y así pasarán unos cuantos años, entre sus tímidas o bravas peticiones y mis continuos rechazos. Qué duro es tener que negarte un deseo, cielo. Pero mañana cuando te despiertes empezará un nuevo día. No creas que yo no lo lamento. Porque cada noche que empieza es un día menos a tu lado y un día más para que comiences a alejarte, quizás a conocer a otra persona que conquiste tu corazón. Qué duro es ser padre en tiempos de sueños.

domingo, 28 de diciembre de 2014 0 comentarios

Diario de abordo

El sol de esta noche no ilumina nuestra travesía, pero estoy contigo y eso me da fuerzas para continuar cada día, cada semana, cada mes, un año más. Las olas nos dejan a la deriva, la potencia del viento nos impulsa lejos de nuestro destino, pero nos agarramos a los remos y seguimos hacia delante. Desde que empezó este viaje, hemos sondeado mares extraños, tormentas imposibles y también aguas en dulce calma, cristalinas y bellas. Preciosas playas de islas desiertas. Un suave rumor de brisa fresca ha tocado tu cara y el aire se ha perfumado de tu presencia.

Mañana cuando vuelvan a despertar las flores, cuando la luna se pasee durante el día y las estrellas no brillen en el firmamento, cuando los hielos se derritan y la sombra arda, mañana cuando tú y yo no estemos, mañana, entonces solo quedará el recuerdo entre cenizas y arena de nuestros nombres armados en este texto. Hasta entonces, mi vida, que sirva para pensar en nosotros y en nuestra vida.

La primera vez que te vi no fue especial, lo especial fue comenzar a verte de otra manera. La primera vez que hablamos seguramente fue lo más normal del mundo, todo lo contrario que el primer te quiero. La primera vez que me llamaste por mi nombre no logro recordarla, pero aún escucho en mi oído cada susurro con el que me nombraste. La primera vez que nos despedimos no me dolió, hoy cada despedida me parte el corazón. El resto de primera veces las recuerdo perfectamente. Te he visto dormir apoyada en mí y he acariciado cada uno de tus cabellos. He visto pasar los años a tu lado y solo espero seguir haciéndolo. Hasta llegar a la última playa.


Esa playa donde recordar toda nuestra vida juntos. Aquella donde nos reiremos de todos nuestros sufrimientos, aquella donde lloraremos por nuestras alegrías. Aquella donde repasaremos estos primeros años y descubriremos que tan solo eran los primeros avances de un largo, larguísimo viaje. Aquel que en verdad estamos ahora empezando, porque siempre empieza cada 28 otra vez, como un fénix que renace de sus cenizas, como un barco que llega a puerto para seguir navegando, como tu sonrisa cuando hace brillar el mundo entre mis brazos. El mar sigue ahí, pero está para navegarlo.

Cuando echo la vista atrás, todos los rincones de mi memoria tienen tu nombre. Ya no has dejado ningún rastro sin tu presencia y no deseo realmente que quede ninguno que no lo tenga. En todo pones tu mirada y en todo dejas tu huella. Será por eso que ya no tengo más camino que seguir tus pasos allá donde me lleven.


sábado, 20 de septiembre de 2014 0 comentarios

Un mundo ausente

Cuando vuelvo a pasar por esas calles, solo siento la ausencia. No veo nada más que tu ausencia. Poco importa que el paisaje sea tan hermoso como siempre, que el atardecer ilumine con sus últimas fuerzas mis ojos y brillen en un ámbar ennegrecido. La naturaleza no ha sabido confortar tu pérdida y aún cuando sigo escribiendo, aún noto que vienes por detrás, me acaricias el pelo y te vas. Solo que sé que no estás, o peor, que no volverás, que es imposible que vuelvas.

Durante años me he preguntado por la muerte. Ahora que la tengo tan cerca, me pregunto más por la vida. Por esa vida que me devuelve los recuerdos, las miradas en las fotografías, tu voz en los vídeos. Nos pasamos el tiempo guardando la memoria para que después nos torture con su nostalgia. Con el tiempo pasado hemos creado una historia que nos hace llorar en nuestro presente desgraciado y que viene a ensombrecer los días venideros.


No sé qué es estar sin ti, porque allá donde miro, tú me miras. Sigues sonriendo eternamente. Y yo estoy aquí, solo, frente al tiempo taciturno, que me dejó las horas hastías de un mundo ausente.
miércoles, 7 de mayo de 2014 0 comentarios

Los años de la soledad

Los años de la soledad imperante son los que menos recuerdo. La memoria se acostumbra a nuestra vida actual y desecha otras formas de vida que ahora resultan lejanas, vanas, olvidadas. Como si hubieran pertenecido a otra persona que no soy yo, que no eres tú. Que no somos nosotros. Podríamos inventarnos nuestros recuerdos, nadie nos dijo que fueran ciertos. Podríamos pensar que siempre vivimos juntos, que no hubo pasado infeliz, sino presente satisfecho. Podríamos, en fin, vencer a la muerte creando la vida.

Pero nos mentiríamos. Y desecharíamos con la tristeza, la alegría. La alegría que me da recordarte como quiero hacerlo, tontamente, como fuimos de niños, de adolescentes. Esos tontos que se reían de todo, que lloraban por todo, que sentían la vida como ya no la sentimos. No es verdad que fuéramos amigos desde el principio, tan solo conocidos en un patio de colegio inmenso, un microcosmos de media hora diaria que nos parecía suficiente. Tú te marchabas a casa con tus padres, yo recorría las calles de Almuñécar. Dos senderos distintos que llevaban, sin embargo, a dos calles de distancia, dos calles insalvables para quienes no se conocen, para quienes estaban, en fin, condenados a no conocerse por las desdichas familiares.


Maduramos nuestra amistad como se hace el buen vino: con tiempo, con toda clase de tiempo. Con ese tiempo de silencios incómodos que atravesaban nuestras ventanas luminosas, con ese tiempo de conversaciones ingenuas en la tierra naranja de un nuevo patio. Con ese tiempo que se hizo largo, que atravesó veranos, que llegó hasta el invierno de un mes de mayo, cuando ya supe que te irías de mi lado.

Pero me mentí. Y juntamos los recuerdos nuevos de vidas distantes, como un rompecabezas del que no conocemos la imagen definitiva, pero nos satisface el colocar las piezas y probar a ver la silueta que vamos creando. Llegaron, creo, tus peores penas. Y cumpliste más años en tres estaciones que en diecinueve primaveras. Sabía que no lo merecías. Quizás por eso supe que mi camino estaba a tu lado, porque tú me dejabas cuidar de un corazón roto y yo intentaba siempre curarlo.

Vinieron entonces otros años. Los que mejor recuerdo. Te he visto sonreír hasta en el rincón más oculto de tu alma. Te he visto llorar las lágrimas que guardabas de tus inviernos. Te he visto ahora en el pasado y he reescrito nuestra historia. Me he divertido imaginándonos felices en una infancia soñada juntos. En una adolescencia sin calles distantes. En corazones vivos. En un futuro vibrante.

Pero miento. Porque también te he fallado. Y he vuelto a traerte los años de la soledad al recuerdo. Y he visto crecer las canas de la nieve de tus lágrimas. Y solo vivo ahora, creo, por ver tu sonrisa.


Por escribir una nueva historia a partir de ahora. Por crear esa infancia para quien venga a ocuparla. Por darte la mano y no soltarla nunca. Por quererte supongo como te he querido siempre: de manera secreta, de manera silente, pero siempre sonriente. 

Y quizás esta sea la única verdad de este recuerdo. El recuerdo que me traen los años que viviremos juntos sobre los que vivimos solos.
miércoles, 12 de junio de 2013 0 comentarios

Perfume

Se fue. Dejó la puerta cerrada como un punto final en una oración. Un párrafo que da por concluído el final de un capítulo con regusto a un Continuará no cumplido, dejando tras de sí el suave olor de un perfume que huele amargo. Se ha ido y todavía queda la esperanza de que vuelva, y con ellas, sus olores, sus te quieros nocturnos que rozaban el alba, sus rosas de plástico decorando la habitación con falso aroma a sueños por cumplir.


Permanece aún su fragancia roja, quemándose ante el amarillo de una primavera con sabor agridulce, entre agostos olvidables y febreros demasiado cortos.

Y la puerta se abre, y ya no sé qué fue sueño y qué pesadilla.
y vi que estuve muerto en el sueño,
y vi que con la vida estaba soñando.
martes, 7 de mayo de 2013 0 comentarios

El primer ocaso

Hay días que no se olvidan, que permanecen aunque queramos olvidar. Hay otros momentos, sin embargo, que se olvidaron hace tanto tiempo que nunca nos detenemos a pensar en ellos. Son las ocasiones en que, transcurrido el tiempo, se aglutinan formando un caos de rutina insulsa, como una masa uniforme sobre la que tenemos un pensamiento predefinido, una vida hacia atrás que realmente no recordamos.

De esos momentos, mi pensamiento con sus alas ha recorrido lugares extraños, desconocidos. Como si de una soledad gongorina se tratase ha habitado en tiempos que nunca viví, en sentimientos que nunca tuve y en experiencias imposibles en este mundo. Hoy, como ya hiciera en una ocasión, se ha posado en una ventana y mira a través del cristal un universo al que no pertenecía, pero que ahora comparte.


Un martes primaveral, entre luces encendidas en el hospital brillaba el llanto de una niña recién nacida. Una mirada grisácea que con el tiempo tornaría en oscuro marrón, como los árboles desnudos del invierno abandonado. Una sonrisa entre sus padres y el deseo de vivir de sus manecillas, aferradas a sí mismas. Y en el cristal, el pájaro que la observa entre deseos de nacer ocho meses después.

Ella era la unión de la virginal actitud con el mensaje más iluminador, o quizás era un mar en un cielo envuelto, alguna luna que riela en ese mar. Era un suspiro a punto de brotar. La herencia materna de un nombre unido a las estrellas. Ella era Mariela. Una nueva flor en esta reciente primavera, surgida de la inseguridad entre los cardos, con la belleza tímida de los acianos y bendecida por la mirada de las freesias.

Alegría temprana de los primeros meses para un largo invierno febril de años siguientes. Soledad cariñosa entre cuatro brazos que le enseñan a vivir. Son los años olvidados de una infancia donde se mezclaba el azúcar con la sal. Faltaron las ganas de comer, pero sobró la alegría por vivir. Mientras rosas se marchitaban, esta crecía con la fragilidad sutil del silencio de una sonrisa. Vivió entre cristales, observando un mundo desde la ventana de algún hospital, de algún baño natural, con una tos delicada, tic tac irremediable de los relojes que tanto ha llegado a odiar, aquellos que la privaron de los buenos momentos para alargar todos los veranos que maldijo.


Solo el transcurrir de una vida de vicisitudes la elevaron hasta el jardín recóndito de la desconfianza, fría y oscura celda de la soledad indeseada. Con alas rotas, necesitó la fortaleza de algún ángel que la elevara hasta la más alta cumbre, aunque fuera en la cuna de la inocencia, como si de un nuevo renacer se tratara. Al final, como un relámpago en la travesía por el desierto, la vida.

Se erige como una estatua clásica, con una naturalidad a la que sobran maquillajes. Un ramo de rosas negras coronan su cabeza y mira cariñosa a través de dos cristales, reflejados en ello una ciudad que la cautiva y una luna que la enamora. Y todo pasa como el sueño de alguna noche otoñal, cuando deseó que quedara todo un curso para vivir. Solo queda un lago por donde dos patos cruzan, recordando que ya es mayo, y a la vida le quedan poco más de dos días.

Al menos hoy es siete, y volverán, como los vilanos, los sietes de mayos a florecer en primavera.

martes, 22 de enero de 2013 0 comentarios

Una guerra diaria

En la ciudad llueve. Es el pensamiento de una mañana que quiso ocultar el sol. Lluvia. Las gotas me caen en la cara y solo puedo pensar en la nostalgia que me transmite un paisaje gris. Los edificios se alzan ocultando la auténtica belleza de su arquitectura. No fueron creados para perdurar. Tampoco como símbolo de lo bello. No están plasmados como una obra de arte. Y acaso me pregunto si una obra de arte no puede ser útil como un hogar que, a simple vista, parece tan frío como la lluvia.

Espero mientras las gotas recorren el camino que habrán de recorrer las ruedas de un autobús que no llega. Una pareja se despide con un beso en esta parada, el niño corretea a su alrededor y yo sonrío mientras suena L'estasi Dell'oro, la composición de un western con un silbido inolvidable. Una aventura que solo se puede vivir a través de una pantalla. Hoy cualquier cosa se puede vivir a través de una pantalla, pero no hay nada como el hecho cálido de un beso en una parada de autobús en una mañana lluviosa, mientras el vaho se hace visible a nuestros ojos y los niños juegan a fingir fumar.

Los días se repiten. Otra mañana será el sol dominante. Acaso las hojas de los árboles volverán a ser verdes cuando ahora podrían estar copadas de blanco. No hay mejor tiempo que el de la mirada que capta un segundo que nunca volverá a vivir. Lo captura como una fotografía. Y yo sigo pensando en aquella pareja, en aquel niño, en un autobús que tarda y en una clase que comenzará con un alumno menos. Preocupaciones de una vida presente que desaparecerán en una vida futura y que nunca existieron en una vida pasada. Me pregunto por la sonrisa tonta que se escapa de mis labios. No hay respuesta. O sí la hay. Es la nostalgia, es  la esperanza. Es un sentimiento que sabe a dos tiempos.


Es la desdicha de vivir cada día sin darse cuenta de que todos nuestros recuerdos son ya un camino recorrido y a superar por nosotros mismos. Quizás ellos no sabían ayer que se darían un beso que yo haría eterno. Quizás su preocupación en aquel momento no estaba en la mirada de un extraño, sino en una despedia diaria y cariñosa; la muestra de un esfuerzo por salir adelante de alguna situación desesperada. Porque la vida es así, una situación desesperada en la que necesitamos esperanzas, sueños que nos creamos para sobrevivirla.

Aquella misma mañana, la voz solemne en una clase magistral se dedicó a hablarnos de la máxima tragedia romántica que la literatura nos ha dado, sin nombres italianos. Silenciosamente llegó al final de la clase y soltó una última conclusión antes de marcharse. Sus palabras merecieron el sobrecogimiento de la sala, la emoción del escalofrío que te confirma que tiene razón, y la necesidad de compartir con todos el conocimiento más profundo de la vida. Pero no será hoy cuando reproduzca las palabras de un genio en el ocaso de su tiempo. Ni he de hablar de literatura, ni de amor. Solo de una guerra diaria. Porque no hay paz en el día a día. Porque vivir es estar en conflicto. Y en el momento de cerrar los ojos darse cuenta de que todo lo que somos y tenemos un día se esfumará. Eso es la guerra.

No importa quién venza, porque todos desaparecerán. Por eso prefiero vivir mis días sin lamentarme por los errores pasados. El agua no regresa a recorrer el mismo surco, avanza inexorablemente hacia el final, sea cual sea. Como el tiempo. Como mi tiempo.

Como tu tiempo.
jueves, 5 de julio de 2012 0 comentarios

Estudiante I: Despedida

A su alrededor veía la casa que iba a abandonar. No era la casa de sus padres, era la casa de su niñez, la casa en la que cada esquina tenía un recuerdo que se había borrado de su conciencia, pero que le traía a la mente cierta nostalgia inusual, como si el niño que habitaba en su interior estuviera llorando, igual que los ojos de quien se abrazaba a él en un emotivo adiós... o mejor, un hasta luego. Él se marchaba, dejando atrás aquel lugar en el que había pasado de jugar tumbado en el suelo en la más tierna inocencia a sentarse para hablar de decisiones en un sillón que, aunque quizás siguiera siendo algo grande para él, mostraba el camino hacia la adultez que estaba recorriendo. Aquella casa que siempre había estado a dos ascensores del hogar de sus padres.

Su cabeza giraba entre la voz de su abuela recordando tiempos que él no vivió y los ojos enrojecidos de aquella persona que lo había criado, su bisabuela, que aún no podía creerse que el niño que la dejaba dormir tranquila mientras jugaba en un imaginativo silencio se marchara a estudiar a la capital, a tanta distancia que ya no podría asomarse al balcón de su patio para llamarlo, siquiera para verlo, siquiera para saber si estaba bien. Hacía años que ya no vivía en aquel lugar, pero era ahora que se marchaba cuando ella iba a notar más su ausencia.


Y, en parte, fue en aquel momento en que él se percató de lo que dejaba atrás, mientras se dirigía a la salida y observaba al final del pasillo la cama en la que hacía tanto tiempo había dormido, el pasillo que tantas veces había recorrido... El hogar de una infancia perdida en el olvido.

Cuando abrió la puerta para irse, sintió que en ese momento era cuando había llegado a comprender el paso tan importante que había dado en su vida. Y que, en parte, no había marcha atrás.

Ya no volvería a jugar en aquel suelo, ya no volvería a correr descalzo por aquel pasillo, ya no volvería a dormir en aquella cama. Ya no sería más un niño. Y el silencio incómodo se apoderó de él. Sabiendo que, cuando subiera al autobus, dejaría atrás el pueblo en el que había vivido sin que éso le importara, pues el pesar más grande sería haber dejado atrás el tiempo de la inocencia, de las despreocupaciones, de los tiempos en que todo se arreglaba con las sabias palabras de alguien mayor.

Dejaría atrás todo éso... Porque ahora él sería quien mantendría la inocencia a otros, quien se preocuparía para que otros no se preocuparan, quien daría los consejos a quien los necesitara. Porque en éso se había convertido tras atravesar aquel camino y llegar hasta donde había llegado. Y no se arrepentía de ello. Es más, sólo se le ocurría hacer una cosa:


Sonreír, porque aunque atrás dejaba momentos maravillosos que no volverían, sabía que el resto del camino también estaría salpicado de situaciones por vivir y nunca olvidar.

Merecía la pena dar aquel paso.
miércoles, 4 de julio de 2012 0 comentarios

Ventanas a un tiempo que querría

Una habitación abierta por una rendija de luz de la puerta. No dejas ver mucho, no, pero sí lo suficiente como para saber que sigues ahí, despierta, delante de algún espejo, preparándote para marcharte hacia la calle, esa fría compañera cuando estás solo, esa calidez que brota de las calles cuando las alumbras con carcajadas. O quizás decidas quedarte en casa, descansar de todas las desilusiones que un día ensombrecieron la luz del sol que ahora se pierde en el horizonte.

Hubo noches para todos tus sentimientos. Días que se perdieron en sueños vanos, un tiempo que querrías recuperar y que no va a volver, un poco de felicidad, un cambio en el momento justo y la necesidad de haber virado en tu rumbo en algún momento del pasado.



Ves a través de las ventanas de tu memoria los días en que fuiste feliz y no te compensan por cada lágrima que derramaste por esas personas. O al menos, eso piensas mientras una mancha negra recorre tu mejilla una vez más. No hubo ningún final feliz, sólo fantasmas de un pasado que no hacen más que regresar para hacerte llorar como una niña.

Y la puerta se abre para iluminar una habitación sin ventanas, una jaula de espejos donde en nuestro reflejo nos vemos abrazados. Tu rostro enrojecido, oculto para que no se crucen nuestras miradas y vea que has vuelto a llorar, pero yo ya lo sabía desde que dejaste aquella rendija de luz, desde que me sonreiste por última vez con ironía, una sonrisa acompañada por la sombra de tu silencio.

Te calmas, miras al espejo y nos vemos los dos, abrazados fuera del tiempo, como si los segundos que pasaran sólo fueran una misteriosa maquinaria inventada por el hombre para hacernos esclavos de un invento. Y en ese cristal vemos pasar la vida que nos ha tocado, a nuestra agridulce infancia, a nuestra sentimental y dolorida adolescencia, a nuestro paso a la madurez áspera y fría. Es como una ventana al tiempo que siempre quisimos tener...



...el tiempo que ahora tenemos.  

Ese tiempo que se esfuma como quisiera que se esfumaran tus lágrimas: para siempre.


Entradas populares

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
 
;