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jueves, 28 de julio de 2016 0 comentarios

Retrato a retazos

Hay hechos que cambian una vida para siempre. Y con ella, la de todos los demás. No sé siquiera si yo hubiera sido tal como soy si tú hubieras estado, ni siquiera acaso si hubiera nacido. Pero siempre me quedaré con las ganas de haberte conocido. Siempre pensaré que me perdí momentos que nunca existieron. No digo que no haya sido feliz, pero muchas cosas hubieran sido distintas. Estoy seguro.

Tú eres uno de esos ¿y si...? en los que no me importa perderme. He ido rescatando retazos de ti como si fueras un sueño. Recuerdos prestados que forman un retrato entre el idilio y las anécdotas. No creo que fueras perfecto, nadie lo es. Pero también sé que lamento no haberte conocido, porque me perdí a alguien único. Y a alguien con quien siento que compartía cosas. Cosas que quizás tú hubieras comprendido mejor que nadie. Pero no, no estabas. Te llevó la enfermedad demasiado pronto y dejaste tras de ti mujer, una niña y dos niños pequeños. Uno de ellos ni siquiera te recordará bien. Y claro, ¿cómo me ibas a conocer a mí? Si yo llegué a nacer siete años tras tu muerte.

Para empezar a recordarte, me gusta pensar en las fotos que guardo de ti, esas fotografías que tanto tardé en descubrir escondidas en una vieja maleta. Resguardadas para evitar que la memoria se tiñera de nostalgia y melancolía por una desgracia compartida. Nadie guarda de ti malas palabras. Dicen que nadie las guarda de quienes mueren, pero a veces lo dudo. Tan solo que sufriste. Que tus últimos días fueron los peores. Momentos de auténtico pánico que aún hoy lograron hacer llorar a tu Magdalena; dejaste una cicatriz difícil.

Sí, te vi fumar. Y también sé que te gustaba el boxeo. No comparto contigo esas aficiones, pero es por ti por quien me hice cofrade antes aún de saber lo que eso significaba. Tradición familiar. Y te veo tan joven, vestido de romano en una Semana Santa. O portando alguno de aquellos primeros tronos. Supongo que lo vivías con la devoción habitual de la época, pero hay algo en esas imágenes que me hablan de emoción, incluso de felicidad. Esa sonrisa que se te escapa hacia quien te hacía una foto en blanco y negro con tu escudo. La misma sonrisa que no pudiste evitar al tener a tu hija entre brazos, aunque apenas se te viera el rostro, cortado por un mal encuadre.


Te gustaban los niños. A ella no, pero tú querías llevarlo todo adelante. Al final la dejaste sola con ellos, y aún así, te entiendo bien. Se habla mucho de ese deseo de maternidad como si acaso no existiera el deseo de paternidad. Esa felicidad que se nota al compartir momentos con tus hijos, con tu familia. Ese brillo en la mirada durante los cumpleaños, durante otros tiempos más fáciles para todos. Pero tranquilo, también hubo imágenes para momentos más cotidianos, incluso no siempre sales sonriendo. Ya te dije que nadie era perfecto.

Pescabas, hasta ganaste algún premio cazando pulpos. Te vi como un escuálido adolescente en tiempos monocromos. Y con un gran bigote mirando el televisor. Sé también que reconocías la talla de las personas solo con mirarlas. Y que te fuiste en Navidad.

Hoy te he vuelto a recordar porque te tengo presente. Eres en mi cabeza la sombra de una persona que nunca conocí. Quizás como un personaje más de ficción. Y, sin embargo, veo tu huella en tantas personas que me rodean... que sé que eres tan real ahora como cuando estabas vivo.

Y que parte de lo que yo soy, también te lo debo a ti.

Gracias, abuelo.

miércoles, 7 de mayo de 2014 0 comentarios

Los años de la soledad

Los años de la soledad imperante son los que menos recuerdo. La memoria se acostumbra a nuestra vida actual y desecha otras formas de vida que ahora resultan lejanas, vanas, olvidadas. Como si hubieran pertenecido a otra persona que no soy yo, que no eres tú. Que no somos nosotros. Podríamos inventarnos nuestros recuerdos, nadie nos dijo que fueran ciertos. Podríamos pensar que siempre vivimos juntos, que no hubo pasado infeliz, sino presente satisfecho. Podríamos, en fin, vencer a la muerte creando la vida.

Pero nos mentiríamos. Y desecharíamos con la tristeza, la alegría. La alegría que me da recordarte como quiero hacerlo, tontamente, como fuimos de niños, de adolescentes. Esos tontos que se reían de todo, que lloraban por todo, que sentían la vida como ya no la sentimos. No es verdad que fuéramos amigos desde el principio, tan solo conocidos en un patio de colegio inmenso, un microcosmos de media hora diaria que nos parecía suficiente. Tú te marchabas a casa con tus padres, yo recorría las calles de Almuñécar. Dos senderos distintos que llevaban, sin embargo, a dos calles de distancia, dos calles insalvables para quienes no se conocen, para quienes estaban, en fin, condenados a no conocerse por las desdichas familiares.


Maduramos nuestra amistad como se hace el buen vino: con tiempo, con toda clase de tiempo. Con ese tiempo de silencios incómodos que atravesaban nuestras ventanas luminosas, con ese tiempo de conversaciones ingenuas en la tierra naranja de un nuevo patio. Con ese tiempo que se hizo largo, que atravesó veranos, que llegó hasta el invierno de un mes de mayo, cuando ya supe que te irías de mi lado.

Pero me mentí. Y juntamos los recuerdos nuevos de vidas distantes, como un rompecabezas del que no conocemos la imagen definitiva, pero nos satisface el colocar las piezas y probar a ver la silueta que vamos creando. Llegaron, creo, tus peores penas. Y cumpliste más años en tres estaciones que en diecinueve primaveras. Sabía que no lo merecías. Quizás por eso supe que mi camino estaba a tu lado, porque tú me dejabas cuidar de un corazón roto y yo intentaba siempre curarlo.

Vinieron entonces otros años. Los que mejor recuerdo. Te he visto sonreír hasta en el rincón más oculto de tu alma. Te he visto llorar las lágrimas que guardabas de tus inviernos. Te he visto ahora en el pasado y he reescrito nuestra historia. Me he divertido imaginándonos felices en una infancia soñada juntos. En una adolescencia sin calles distantes. En corazones vivos. En un futuro vibrante.

Pero miento. Porque también te he fallado. Y he vuelto a traerte los años de la soledad al recuerdo. Y he visto crecer las canas de la nieve de tus lágrimas. Y solo vivo ahora, creo, por ver tu sonrisa.


Por escribir una nueva historia a partir de ahora. Por crear esa infancia para quien venga a ocuparla. Por darte la mano y no soltarla nunca. Por quererte supongo como te he querido siempre: de manera secreta, de manera silente, pero siempre sonriente. 

Y quizás esta sea la única verdad de este recuerdo. El recuerdo que me traen los años que viviremos juntos sobre los que vivimos solos.
martes, 13 de agosto de 2013 0 comentarios

La casa de una vida

He soñado muchas vidas a mi alrededor, he creado en mi cabeza imágenes sin definir, rostros que esperan ser nombrados, nombres que buscan su dueño. Visité cientos de mundos ajenos, pude crear de arcilla los propios. Dejé arder los recuerdos que nunca debieron ser hechos e hice una habitación donde guardaría todo lo que se relacionara con ella. Su nombre, sus vestidos, su olor, su rostro, su mano, su suavidad, sus gafas y sus ojos de inocencia.

Allí decidí guardar el patio de una escuela y el de dos institutos. Las papeleras junto a las que nos sentamos, los soles que se ocultaron ante nuestra mirada y todas las fotografías donde encerraron nuestras almas. También guardé sus lágrimas, todas las que yo provoqué y todas las que ayudé a borrar. Reservo también las noches que pasamos juntos y los besos que la luna veló por nosotros. Guardo el pelo que acaricié y la piel por la que me deslicé, y sueño tener también el brillo de sus ojos para alumbrar la habitación.


Las mesas reservadas en cualquier restaurante soportan sobre sí todos los platos que cociné para ella. En el techo de nuestra habitación se posan las estrellas que se desvanecieron en cada amanecer. Centellean las sonrisas que me dedicó y resuenan sus risas como la canción más hermosa. Con ese sonido se oculta todo el ruido que provocan nuestras discusiones, y acompasan las melodías que escuchamos juntos. Hay una estantería con libros que contienen todos los textos que nos dedicamos y otra para los libros que nos leíamos los dos

Pero entre todas estas cosas, guardo aún la habitación más grande de mi vida, donde residen todos nuestros sueños por cumplir, y cuando entro puedo ver un largo vestido blanco esperando, una cuna y cientos de besos volando.

Despierto entonces y sé que es ella quien me llama, como un susurro, para despertar y verla a mi lado, verla aunque no esté, porque realmente, siempre está.
martes, 7 de mayo de 2013 0 comentarios

El primer ocaso

Hay días que no se olvidan, que permanecen aunque queramos olvidar. Hay otros momentos, sin embargo, que se olvidaron hace tanto tiempo que nunca nos detenemos a pensar en ellos. Son las ocasiones en que, transcurrido el tiempo, se aglutinan formando un caos de rutina insulsa, como una masa uniforme sobre la que tenemos un pensamiento predefinido, una vida hacia atrás que realmente no recordamos.

De esos momentos, mi pensamiento con sus alas ha recorrido lugares extraños, desconocidos. Como si de una soledad gongorina se tratase ha habitado en tiempos que nunca viví, en sentimientos que nunca tuve y en experiencias imposibles en este mundo. Hoy, como ya hiciera en una ocasión, se ha posado en una ventana y mira a través del cristal un universo al que no pertenecía, pero que ahora comparte.


Un martes primaveral, entre luces encendidas en el hospital brillaba el llanto de una niña recién nacida. Una mirada grisácea que con el tiempo tornaría en oscuro marrón, como los árboles desnudos del invierno abandonado. Una sonrisa entre sus padres y el deseo de vivir de sus manecillas, aferradas a sí mismas. Y en el cristal, el pájaro que la observa entre deseos de nacer ocho meses después.

Ella era la unión de la virginal actitud con el mensaje más iluminador, o quizás era un mar en un cielo envuelto, alguna luna que riela en ese mar. Era un suspiro a punto de brotar. La herencia materna de un nombre unido a las estrellas. Ella era Mariela. Una nueva flor en esta reciente primavera, surgida de la inseguridad entre los cardos, con la belleza tímida de los acianos y bendecida por la mirada de las freesias.

Alegría temprana de los primeros meses para un largo invierno febril de años siguientes. Soledad cariñosa entre cuatro brazos que le enseñan a vivir. Son los años olvidados de una infancia donde se mezclaba el azúcar con la sal. Faltaron las ganas de comer, pero sobró la alegría por vivir. Mientras rosas se marchitaban, esta crecía con la fragilidad sutil del silencio de una sonrisa. Vivió entre cristales, observando un mundo desde la ventana de algún hospital, de algún baño natural, con una tos delicada, tic tac irremediable de los relojes que tanto ha llegado a odiar, aquellos que la privaron de los buenos momentos para alargar todos los veranos que maldijo.


Solo el transcurrir de una vida de vicisitudes la elevaron hasta el jardín recóndito de la desconfianza, fría y oscura celda de la soledad indeseada. Con alas rotas, necesitó la fortaleza de algún ángel que la elevara hasta la más alta cumbre, aunque fuera en la cuna de la inocencia, como si de un nuevo renacer se tratara. Al final, como un relámpago en la travesía por el desierto, la vida.

Se erige como una estatua clásica, con una naturalidad a la que sobran maquillajes. Un ramo de rosas negras coronan su cabeza y mira cariñosa a través de dos cristales, reflejados en ello una ciudad que la cautiva y una luna que la enamora. Y todo pasa como el sueño de alguna noche otoñal, cuando deseó que quedara todo un curso para vivir. Solo queda un lago por donde dos patos cruzan, recordando que ya es mayo, y a la vida le quedan poco más de dos días.

Al menos hoy es siete, y volverán, como los vilanos, los sietes de mayos a florecer en primavera.

lunes, 30 de julio de 2012 0 comentarios

Anhelo

Hay fronteras que no pueden atravesarse. Cielos que nunca podremos alcanzar. Estrellas que arden para no dejarnos tocarlas. Hay anhelos imposibles de superar.

El anhelo de tu pelo, un mar de rizos, en el que navego para encontrar un beso. El anhelo de un abrazo cuando menos me lo espero. El anhelo de esa risa que no deseas que llegue, víctima de unas cosquillas que no quisiste tener. Anhelo tus enfados, pero sobre todo, nuestra reconciliación. Anhelo pedirte perdón en un susurro que estremezca tu piel. Anhelo que me preguntes si te quiero, como si no supieras la respuesta.

Anhelo tus sustos, tus sonrisas y tus golpes. Anhelo verme reflejado en tus ojos, porque me veo en ellos como no me veré nunca. Anhelo ver el atardecer y la luna contigo, en un sofá compartido. Anhelo ir a tu lado en el autobús. Anhelo nuestros problemas de cada día, porque superarlos es parte de nuestra vida. Anhelo verte huir de las cebollas y las moscas, de los mosquitos y demás bichos. Anhelo tus gritos en fa sostenido. Anhelo tus caídas, cada una de ellas.


Anhelo tu gesto cuando te tiro una foto, y anhelo que luego quieras verla. Anhelo que digas que estás fea y yo sepa que eres mi princesa. Anhelo verte llorar, aunque siempre espero que sea de felicidad. Anhelo enervarte con mi detallista organización. Anhelo hacerte de comer y regañarte cuando no has terminado tu plato. Anhelo perder contigo en un juego y anhelo ganarte después. Anhelo sorprenderte. Anhelo caminar por las calles de una ciudad que no es nuestra, pero que nos ha conquistado a los dos.

Anhelo tus pases de modelo, anhelo verte maquillándote, anhelo verte sin maquillar. Anhelo ver cómo te despiertas, siempre tan despacio, siempre con demasiada paciencia. Anhelo escuchar el despertador a tu lado. Anhelo tener una vida contigo. Anhelo soñar juntos, sea dormir en una misma cama o vivir un futuro que aún no ha llegado. 

Anhelo verte a mi lado y esperar verte ahí por cuantos años tengamos que vivir.
sábado, 14 de julio de 2012 1 comentarios

El final del camino

Abrió la puerta del coche como tantas otras veces, entró en él y lo arrancó a la segunda. No iba a tener suerte tampoco aquella vez para poder arrancarlo a la primera. Y quizás esos segundos que tardó fueron decisivos.

La carretera avanzaba dejando atrás todos los edificios, mientras él miraba por el cristal de su coche la vida a su alrededor descrita en otros conductores, en otras vidas que nunca conocería, tan anónimas como él y sus manos sobre el volante. Sonrió porque tenía motivos para sonreír. Porque tanta lucha y tanto trabajo habían dado los frutos de un hermoso árbol que tantas veces creyó marchito. Ahora sabía que había un dios velando por él y que, con su ayuda, había llegado al final de un arduo y doloroso camino. Sabía también que él sería un nuevo instrumento para que otros pudieran superar aquel hoyo en que caían al consumir por primera vez cualquier droga, sin importar su nombre, aspecto, color…


La vida era estupenda. Eso lo había descubierto cuando había dejado pasar tantos años en balde, cuando se había perdido tantas cosas que ya no volverían… y tantas personas que ya no podrían verlo con los mismos ojos. Y aunque había renovado su vida, aunque se sentía nacer de nuevo, sabía que había perdido de forma tonta todo lo que nunca supo apreciar en su pasado.

Y ahora lo volvía a tener todo. En verdad, todo era ahora como debería haber sido. Aunque estaba lejos de su familia, lejos de todos los que quería. Era el precio a pagar de una vida dedicada a un vicio que le quemaba por dentro tanto como ardía todo lo que debió de querer. Y uno de esos soles que echaba de menos era una niña chica a la que deseaba ver con fuerza, a la que mandaba a su madre a ver de vez en cuando, para que no desapareciera el rastro de su voz en los recuerdos de una hija que, en realidad, nunca lo iba a olvidar.

Pronto dejaría de viajar tanto, había encontrado otro trabajo de contabilidad. La vida la sonreía también en el amor. Y su trabajo con el sacerdote era reconfortante para su espíritu. Sentía que pagaba una deuda que siempre había pesado en su alma.


Sonreía ahora por todas las veces que había sufrido. Y cuando cerró los ojos, vio a su hija, y supo que Dios lo llamaba ahora, cuando había viajado todo aquel peligroso camino a salvo, para que disfrutara de su superación pero hiciera sufrir a los suyos una última vez. Porque no volvería a verla, ni a tirarse una fotografía con ella, porque había perdido la oportunidad de recuperar sus seis años de vida. Y porque al final del camino sólo se veía la luz de las miradas de aquellos a los que había decepcionado.

Su coche no volvió a rodar por la carretera. Aquel agosto ardiente del 90 impidió que volviera a hacerlo. Un suspiro de su corazón fue lo último que se escuchó en el estruendo de un accidente que dio un vuelco al corazón a todos los que conocieron su nombre y su historia.
martes, 31 de enero de 2012 2 comentarios

El día

Era 31 de enero de 1992. Una fría mañana invernal cercana aún al amanecer de un sol que despuntaba sobre una ciudad que había pasado días de mínimas temperaturas. Ese día, como tantos otros, ella se había despertado y había seguido su rutina. Sin embargo, quizás porque lo sintió, o quizás porque así debía ser, se decidió a dar por hecho que aquel era el día, ese que tanto había estado esperando. Todo comenzó con un simple dolor de espalda. Quizás no fuera nada más que eso: un dolor de espalda.

Pero a las 09:14 de la mañana de ese viernes 31 de enero de 1992 nació la criatura por la que había pasado aquellos casi nueve meses esperando. Casi nueve, porque él debía haber nacido el 14 de febrero, quizás se adelantara para evitar llamarse Valentín, quizás, simplemente, sería un reflejo de que su auténtico corazón estaría envuelto en el frío de un mes más invernal. Le pusieron el nombre de su padre, el que, a su vez, lo había recibido por un hermano de su madre y por la devoción que ésta tenía hacia Cristo: Luis Jesús.

Fueron unos tiempos extraños y, en cierta forma, complicados. Pero las ganas de vivir del niño recién nacido junto a la pericia de algunos médicos, lograron sacar adelante la vida de quien ahora escribe ésto, de quien tuvo que superar con un mes de vida una operación para seguir vivo. Como tantas veces ha tenido que superar los baches de una vida humana, como cualquier otra persona, pero siempre desde su particular punto de vista.


Mucho se ha hablado -sincera o falsamente- de él. Aunque tan sólo él puede estar seguro de lo que se cuece en su interior. Tampoco le gusta demasiado demostrarlo, quizás porque prefiere permanecer a un lado y molestar poco, ya era así de pequeño cuando, por miedo a despertar a los cansados adultos, jugaba con el silencio de su imaginación entre mundos que él mismo inventaba (quizás en éso no ha cambiado mucho).

Ahora se ve reflejado en esos niños que juegan algo apartados, como en su propio mundo. Un mundo único donde cualquiera podía entrar, cualquiera que quisiera recibir el cariño de una sonrisa, algo que siempre fue típico en esa niñez y que, con el tiempo, se ha fosilizado para los momentos donde mereciera la pena sonreír, reír, romper la carcajada. A vista de todos, es una persona seria. A vista de quienes lo conocen, es... bueno, él no lo sabe. Porque, después de todo, cada uno tendrá su propia y personal opinión sobre él. Y yo, obviamente, él, no puede saberlo para escribirlo.

Tan sólo puede hablar de todos los errores y aciertos que le han llevado hasta este lugar. Hasta una maravillosa ciudad llamada Granada. Hasta una vida universitaria y el comienzo de un proyecto de futuro en sus amadas letras. Hasta esos veinte años que han pasado intensos y, a la vez, tan breves.


Quizás porque cuando nos percatamos de ese tiempo que ha pasado, es como si no hubiera pasado: 20 años. Y parece que fuera ayer cuando sonreía en esa foto con aquella camiseta que me estaba grande, y ahora sonrío a la cámara cruzado de brazos, con ese estilo clasicista al que me he acomodado. Muchas cosas han cambiado, pero en el fondo todo sigue igual.

Él espera a que alguien se una a ese mundo propio, a ese sueño. Un sueño que ha compartido con muchos, pero que esos mismos han, por tantas razones, abandonado. Él, a veces, no los comprendió, y otras, sí. Pero al menos sabe que ahora, en este tiempo presente, que corre, y que siempre es el que importa, tiene a su lado a esas personas que tanto estima y que seguro sabrán quiénes son si leen este texto.

Comenzando por aquellos que le dieron el tesoro más importante que se puede dar: la vida.

Y terminando por aquellos que, de una forma u otra, alegran cada día. Ya sea con su presencia, con sus palabras o con su sonrisa. Porque él estará contento simplemente si no vuelven a caer. Y ahora comienza el año. Porque como dijo una compañera, nunca hay un día específico para comenzar un año: ¿qué importa que sea 31 de diciembre o 14 de marzo? Para mí será el 31 de enero.

Porque cada uno de esos 31 de enero, a las 9:14 de la mañana, será como si hubiera vuelto a nacer.

Y tendré que dar gracias a todos aquellos que, de una forma u otra, han hecho posible esta vida.



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