viernes, 6 de julio de 2012 2 comentarios

Buenos días, princesa

Es una sonrisa con unos ojos cerrados. Son unos brazos en un anguloso arco cerrado e imposible si no fuera porque está sumida en un dulce sueño del que a veces se ríe y, a veces, se molesta. Apenas se mueve, como si hacerlo fuera un delito, y cuando lo hace sólo gira la cabeza, buscando huir de la luz que entra por las persianas que no recordó echar la noche anterior.


La observo con cautela, desde un lateral, la veo dormir con la tranquilidad de quien se siente seguro. Y no puedo más que sonreír al pensar que ella está allí, a mi lado, durmiendo plácidamente. Confiando en que no me iré, en que cuando despierte, seguiré allí. Confiando en que puede dormir tranquila, porque nada le hará daño mientras esté en este lugar.

Duerme sabiendo que está segura junto a mí, aunque cuando está despierta es su alma la que teme esas cosas que no quiere temer. Esos miedos que sólo se apagan cuando cierra los ojos y desvanece su consciente entre ilusorias imágenes de algún percance que nunca ocurrió.

Ahora duerme, mientras escribo. Espera que la despierte para decirle, como en aquella película, buenos días, mi princesa.



Pero la dejaré dormir un poco más, porque no hay cosa que me guste más que verla tan tranquila, en un mundo donde los miedos no existen.
jueves, 5 de julio de 2012 0 comentarios

Estudiante I: Despedida

A su alrededor veía la casa que iba a abandonar. No era la casa de sus padres, era la casa de su niñez, la casa en la que cada esquina tenía un recuerdo que se había borrado de su conciencia, pero que le traía a la mente cierta nostalgia inusual, como si el niño que habitaba en su interior estuviera llorando, igual que los ojos de quien se abrazaba a él en un emotivo adiós... o mejor, un hasta luego. Él se marchaba, dejando atrás aquel lugar en el que había pasado de jugar tumbado en el suelo en la más tierna inocencia a sentarse para hablar de decisiones en un sillón que, aunque quizás siguiera siendo algo grande para él, mostraba el camino hacia la adultez que estaba recorriendo. Aquella casa que siempre había estado a dos ascensores del hogar de sus padres.

Su cabeza giraba entre la voz de su abuela recordando tiempos que él no vivió y los ojos enrojecidos de aquella persona que lo había criado, su bisabuela, que aún no podía creerse que el niño que la dejaba dormir tranquila mientras jugaba en un imaginativo silencio se marchara a estudiar a la capital, a tanta distancia que ya no podría asomarse al balcón de su patio para llamarlo, siquiera para verlo, siquiera para saber si estaba bien. Hacía años que ya no vivía en aquel lugar, pero era ahora que se marchaba cuando ella iba a notar más su ausencia.


Y, en parte, fue en aquel momento en que él se percató de lo que dejaba atrás, mientras se dirigía a la salida y observaba al final del pasillo la cama en la que hacía tanto tiempo había dormido, el pasillo que tantas veces había recorrido... El hogar de una infancia perdida en el olvido.

Cuando abrió la puerta para irse, sintió que en ese momento era cuando había llegado a comprender el paso tan importante que había dado en su vida. Y que, en parte, no había marcha atrás.

Ya no volvería a jugar en aquel suelo, ya no volvería a correr descalzo por aquel pasillo, ya no volvería a dormir en aquella cama. Ya no sería más un niño. Y el silencio incómodo se apoderó de él. Sabiendo que, cuando subiera al autobus, dejaría atrás el pueblo en el que había vivido sin que éso le importara, pues el pesar más grande sería haber dejado atrás el tiempo de la inocencia, de las despreocupaciones, de los tiempos en que todo se arreglaba con las sabias palabras de alguien mayor.

Dejaría atrás todo éso... Porque ahora él sería quien mantendría la inocencia a otros, quien se preocuparía para que otros no se preocuparan, quien daría los consejos a quien los necesitara. Porque en éso se había convertido tras atravesar aquel camino y llegar hasta donde había llegado. Y no se arrepentía de ello. Es más, sólo se le ocurría hacer una cosa:


Sonreír, porque aunque atrás dejaba momentos maravillosos que no volverían, sabía que el resto del camino también estaría salpicado de situaciones por vivir y nunca olvidar.

Merecía la pena dar aquel paso.
miércoles, 4 de julio de 2012 0 comentarios

Ventanas a un tiempo que querría

Una habitación abierta por una rendija de luz de la puerta. No dejas ver mucho, no, pero sí lo suficiente como para saber que sigues ahí, despierta, delante de algún espejo, preparándote para marcharte hacia la calle, esa fría compañera cuando estás solo, esa calidez que brota de las calles cuando las alumbras con carcajadas. O quizás decidas quedarte en casa, descansar de todas las desilusiones que un día ensombrecieron la luz del sol que ahora se pierde en el horizonte.

Hubo noches para todos tus sentimientos. Días que se perdieron en sueños vanos, un tiempo que querrías recuperar y que no va a volver, un poco de felicidad, un cambio en el momento justo y la necesidad de haber virado en tu rumbo en algún momento del pasado.



Ves a través de las ventanas de tu memoria los días en que fuiste feliz y no te compensan por cada lágrima que derramaste por esas personas. O al menos, eso piensas mientras una mancha negra recorre tu mejilla una vez más. No hubo ningún final feliz, sólo fantasmas de un pasado que no hacen más que regresar para hacerte llorar como una niña.

Y la puerta se abre para iluminar una habitación sin ventanas, una jaula de espejos donde en nuestro reflejo nos vemos abrazados. Tu rostro enrojecido, oculto para que no se crucen nuestras miradas y vea que has vuelto a llorar, pero yo ya lo sabía desde que dejaste aquella rendija de luz, desde que me sonreiste por última vez con ironía, una sonrisa acompañada por la sombra de tu silencio.

Te calmas, miras al espejo y nos vemos los dos, abrazados fuera del tiempo, como si los segundos que pasaran sólo fueran una misteriosa maquinaria inventada por el hombre para hacernos esclavos de un invento. Y en ese cristal vemos pasar la vida que nos ha tocado, a nuestra agridulce infancia, a nuestra sentimental y dolorida adolescencia, a nuestro paso a la madurez áspera y fría. Es como una ventana al tiempo que siempre quisimos tener...



...el tiempo que ahora tenemos.  

Ese tiempo que se esfuma como quisiera que se esfumaran tus lágrimas: para siempre.


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