miércoles, 11 de julio de 2012 0 comentarios

Estudiante II: Atardece

Cuando los últimos rayos de sol golpean sobre Sierra Nevada y todo el cielo se inunda de un color morado entremezclado con el naranja que se refleja en las nubes y el azul se va perdiendo en las tonalidades de la oscuridad nocturna. 

El reloj marca los minutos que pasan mientras el estudiante pierde el tiempo observando cómo el sol desaparece. Una imagen que lleva viendo desde que tiene uso de razón, pero que, en aquel momento, se introduce por su retina y llega a la laguna de sus más íntimos pensamientos. 

El cielo se va apagando. Mientras, en el horizonte, se dibujan las últimas líneas de una mezcolanza de naranjas y azules que recuerdan las pasiones olvidadas del último invierno.


Aquella noche de principios de otoño, en la soledad de aquel lugar, sería el momento en que pensaría que su vida había cambiado. Y no había sido él quien lo había decidido, sino aquel atarceder que manchó el cielo de nuevas estrellas. 

Porque estuviese donde estuviera, aquel momento le recordaría siempre a casa.


Créditos de la foto a Mariela Bustos Ortega
martes, 10 de julio de 2012 0 comentarios

Mil nombres

No hay palabras cuando se intenta describir algo que es más grande que cualquier conocimiento racional de la mente humana. Hay cuestiones que trascienden a nuestro saber y que son parte de un lenguaje que desconocemos, pero que somos capaces de usar. Llegado el momento, y sin saber porqué, crece en nosotros un sentimiento que lo invade y lo cambia todo. Y desde entonces, no volvemos a ser los mismos.

Muchos han hablado de ello por enlaces neurológicos, otros han hablado de un espíritu independiente de la materia fría y gris, los más románticos optaron por llamarlo amor. 


Yo he decidido no llamarlo, porque si hay algo que merece no tener nombre, es esto. Si todo ello se describe en un lenguaje falto de palabras, pero lleno de miradas, falto de sílabas, pero lleno de abrazos, falto de letras, pero lleno de silencios, ¿cómo podría siquiera un sonido intentar recrear una realidad que escapa a nuestros manos porque está dentro de ellas?

Porque dibujamos, escribimos, suspiramos por ello. Lo llamamos de mil formas distintas, para retratar lo que sentimos, invadimos de tinta folios blancos, o de caracteres una pantalla vacía de ordenador. No nos sobran ganas de divulgarlo por todo el mundo, porque algo así nos llena de alegría, y a la vez, siempre tendrá una parte amarga, que nos deja invadir por la melancolía y la nostalgia, el anhelo de contar los minutos que quedan hasta que volvamos a estar extasiados por su presencia. Es la peor de las drogas y el mejor de los remedios. Y hasta pretendemos medirlo, cuando escapa de este mundo físico al que intentamos atarlo.

Al final, somos sus víctimas, y cuando es benévolo, decide bajar a nuestra materia y hacerse un cuerpo, una voz, unos ojos, otro corazón. Y descubriremos su nombre, el nombre de esa persona que lo representa todo y que cambiará tu vida como nadie, ni siquiera tú mismo, podrá hacerlo nunca.
viernes, 6 de julio de 2012 2 comentarios

Buenos días, princesa

Es una sonrisa con unos ojos cerrados. Son unos brazos en un anguloso arco cerrado e imposible si no fuera porque está sumida en un dulce sueño del que a veces se ríe y, a veces, se molesta. Apenas se mueve, como si hacerlo fuera un delito, y cuando lo hace sólo gira la cabeza, buscando huir de la luz que entra por las persianas que no recordó echar la noche anterior.


La observo con cautela, desde un lateral, la veo dormir con la tranquilidad de quien se siente seguro. Y no puedo más que sonreír al pensar que ella está allí, a mi lado, durmiendo plácidamente. Confiando en que no me iré, en que cuando despierte, seguiré allí. Confiando en que puede dormir tranquila, porque nada le hará daño mientras esté en este lugar.

Duerme sabiendo que está segura junto a mí, aunque cuando está despierta es su alma la que teme esas cosas que no quiere temer. Esos miedos que sólo se apagan cuando cierra los ojos y desvanece su consciente entre ilusorias imágenes de algún percance que nunca ocurrió.

Ahora duerme, mientras escribo. Espera que la despierte para decirle, como en aquella película, buenos días, mi princesa.



Pero la dejaré dormir un poco más, porque no hay cosa que me guste más que verla tan tranquila, en un mundo donde los miedos no existen.

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