viernes, 3 de agosto de 2012 1 comentarios

Entre caballeros

Todos los presentes sabían que había caído en desgracia. Era un hombre detestable, con un aliento que desprendía alcohol a su alrededor. Vestía un traje viejo, de la época en la que fue un caballero admirado. Sus canas se habían rebelado y se escapaban del sombrero polvoriento que llevaba sobre su cabeza. Sus manos de dedos largos y finos, estaba consumidas por arrugas y arañazos mal curados. Sus ojos se ocultaban detrás de unos cristales mugrientos, cuya montura estaba oxidada. Sin embargo, lo que llamó mi atención fue el contraste entre sus zapatos y el resto de su cuerpo. Negros y relucientes, con las cuerdas atadas en un nudo perfecto, tan elegante como hubiera sido él años atrás. Con una delicadeza femenina, apartó las gafas de sus ojos que, clavados en mí, parecían rugir, quemarlo todo. El silencio, vivo espectador de aquel encuentro, hizo que escuchara mis propios latidos, lentos.

-Hola, maestro.

Su presencia siempre me hacía sentir más pequeño. Retroceder los años vividos, las experiencias, la vida rebobinaba en su presencia hasta un aula marginal de un barrio pobre. Y él, delante de aquellos niños sin futuro, con su traje impecable, sus perfectos zapatos negros, su sombrero colgado en la percha rota, dejando al descubierto una corta melena oscura. Y su sonrisa. Aquellos deslumbrantes dientes que se mostraban tan sinceros y tan juveniles. Él nos enseñó las herramientas para la vida, nos inspiró para soñar, nos dio la vida que no teníamos en apenas unas horas a la semana. Todo como una beneficiencia de un rico empresario, su padre, que costeando sus estudios liberales en el extranjero, le permitía aquel experimento en un lugar donde no llamara la atención. Y gracias a él yo había llegado hasta donde estaba, en mi cumpleaños, rodeado de gente tan glamurosa como detestable, mientras que él había sido olvidado por una sociedad que no quería gente que creara sueños para los demás. Yo nunca lo había podido olvidar, pero ahora todo era distinto, todo salvo sus zapatos. Los mismos con los que un día lo enterramos. Él asintió y yo suspiré por última vez. Son curiosas las formas en las que la Muerte se nos presenta.

lunes, 30 de julio de 2012 0 comentarios

Anhelo

Hay fronteras que no pueden atravesarse. Cielos que nunca podremos alcanzar. Estrellas que arden para no dejarnos tocarlas. Hay anhelos imposibles de superar.

El anhelo de tu pelo, un mar de rizos, en el que navego para encontrar un beso. El anhelo de un abrazo cuando menos me lo espero. El anhelo de esa risa que no deseas que llegue, víctima de unas cosquillas que no quisiste tener. Anhelo tus enfados, pero sobre todo, nuestra reconciliación. Anhelo pedirte perdón en un susurro que estremezca tu piel. Anhelo que me preguntes si te quiero, como si no supieras la respuesta.

Anhelo tus sustos, tus sonrisas y tus golpes. Anhelo verme reflejado en tus ojos, porque me veo en ellos como no me veré nunca. Anhelo ver el atardecer y la luna contigo, en un sofá compartido. Anhelo ir a tu lado en el autobús. Anhelo nuestros problemas de cada día, porque superarlos es parte de nuestra vida. Anhelo verte huir de las cebollas y las moscas, de los mosquitos y demás bichos. Anhelo tus gritos en fa sostenido. Anhelo tus caídas, cada una de ellas.


Anhelo tu gesto cuando te tiro una foto, y anhelo que luego quieras verla. Anhelo que digas que estás fea y yo sepa que eres mi princesa. Anhelo verte llorar, aunque siempre espero que sea de felicidad. Anhelo enervarte con mi detallista organización. Anhelo hacerte de comer y regañarte cuando no has terminado tu plato. Anhelo perder contigo en un juego y anhelo ganarte después. Anhelo sorprenderte. Anhelo caminar por las calles de una ciudad que no es nuestra, pero que nos ha conquistado a los dos.

Anhelo tus pases de modelo, anhelo verte maquillándote, anhelo verte sin maquillar. Anhelo ver cómo te despiertas, siempre tan despacio, siempre con demasiada paciencia. Anhelo escuchar el despertador a tu lado. Anhelo tener una vida contigo. Anhelo soñar juntos, sea dormir en una misma cama o vivir un futuro que aún no ha llegado. 

Anhelo verte a mi lado y esperar verte ahí por cuantos años tengamos que vivir.
viernes, 27 de julio de 2012 1 comentarios

Motivos para sonreír

En los peores momentos de tu vida pensaste que todo era un agujero negro, que la vida no merecía la pena, que este mundo que te rodea es sólo algo que te hace daño, un lugar donde desearías no estar, donde ni siquiera quisieras traer a nadie más, porque nadie, piensas, nadie merece este sufrimiento al que todos llaman vida. Las lágrimas son sólo parte de un decorado que no aprecias, el único reflejo del dolor que te aprisiona el corazón y lo hace latir con fuerza, con tanta fuerza que impide que escuches nada más. Y ese sonido te aleja de los demás, piensas que nunca te entenderán, que ellos viven en un mundo más feliz, que nunca, nunca, han sufrido como tú. Te hundes en la negatividad de miles de días grises y no tienes motivos para sonreír. Todo lo que se expande a tu alrededor sólo una oscuridad que no alcanzas a ver.

Y no hay nada...


...que sea alegría en tu corazón.

Te pierdes entonces todos los motivos que tienes para sonreír.

Un atardecer. Una única foto. Alguien sonriendo. Un rayo de sol entre las cortinas. Un baile sin música. Un sueño bonito. Alguna canción olvidada en un rincón. La brisa de un día de verano. El frío que desprende el frigorífico en un día caluroso. Alguna comida deliciosa. Un comentario ingenioso. Un recuerdo único. La música de un concierto. Un viejo objeto que algún día olvidaste. Un juego infantil. Ver niños jugando en un parque. Un futuro deseado. Alguna ilusión aplazada. Un texto que te hace latir. Un número simbólico. Una voz que te emociona. Un viaje que nunca hiciste y lo estás deseando. Un proyecto en el que seguir trabajando. Un libro que espera en su página 75. Un perfume que te embriaga. Una respiración profunda y decidida. Un actor que olvide su guión y uno al que no le haga falta. Un mensaje que decidiste no borrar. Algún idiota del que ya no sabes nada. Un cumpleaños donde fuiste feliz. Un mes en el calendario que estés deseando ver llegar. Una puerta que siempre te dio miedo y que ahora puedes abrir. Todos los miedos que ya superaste y todos los que aún te quedan por superar. Todas las tonterías que algún día hiciste y todas las que sabes que acabarás haciendo. Un cristal que empañar y dibujar. Los trozos de algún puzzle por hacer. Un vaso de agua que te recuerde a mí. El último abrazo que recibiste y el próximo que te darán. Un beso que invisible se ha quedado marcado. Un chiste. Una imagen ridícula. Un error al hablar o un espejo al que sacar la lengua. Una vela que apagar. Una burbuja que estallar. Y todo un mundo de miles de cosas pequeñas que desearás enseñar a alguien a apreciar, aunque tú hayas perdido las fuerzas para apreciarlas.

Porque todo lo bueno se resume en el segundo en el que decidiste sonreír en vez de llorar.

Hay miles motivos para sonreír. Sólo tienes que buscar el tuyo.

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