miércoles, 8 de agosto de 2012 0 comentarios

Estudiante IV: Rutina

Es la una, marca la hora
con un bostezo vano
que en el aire se ahoga.


Con un bostezo entre los labios, se piensa el filósofo niño. Con amargo desatino mira el reloj nervioso, esperando el momento para levantarse y poder marcharse de clases magistrales con tono de tartamudeo, se nota que le tiemblan las manos aunque mantiene la voz serena cuando se pierde entre las palabras de su viejo y polvoriento libro.

De esta tortura llegan las dos
entre silencios y ruidos,
pronto todo se acabó.


El timbre insonoro agita las mesas con nerviosismo. Los lapsos de sueño se quedan en las mesas mientras la actividad bulle por las arterias del joven, pero insano, corazón de nuestro prematuro escritor. Recorre los pasillos con cierta ansia, se pierde entre las agujas que se clavan en la hora que le matan. Sólo quedan puertas cerradas y un cartel que marca la Salida en un tono verde le abre la entrada a un aire frío y pesado que se le clava en los pulmones al caminar. Piensa en tercera persona y cree haber crecido cinco años en diez días. Lleva ocho años con canas y sólo espera que sus hombros se cubran de nieve por primera vez.

Y así pasan las tres,
cuando nadie lo esperaba
y sin nada que comer

 
Saca la billetera y mira con pena los papeles de colores por los que la gente llega a matar. Agarra unas monedas y las cambia por otro papel blanco, insustancial. Quiere alimentarse del viento, pero éste le da la espalda para dejarlo bajo un sol vengador, que aquí hace arder la noche en un hielo ardiente distendido entre rayos que, con parsimonia, te marcan un punto en tu nuca.
Cuando pasa el desfile de personas insanas, se unen estridentes sonidos de cuerdas y flautas en una conversación que limpia las asperezas de un día monótono en el que el autobus se pasó tu parada porque decidió tomar la curva como si fuera una recta.
No se acuerda del menú, pero hace tiempo que poco le importa lo que en su plato colocan. Vive estudiando lo que murió olvidando.


Marcan las cuatro
en donda la mesa sirve
los cafés de todo el año.


Se deja caer sobre una mancha chocolate en un vaso arrugado. Él no bebe, no tiene edad. Es el joven que quiso ser viejo y cuando fue viejo seguía siendo joven. El amargo sabor no pasa por su garganta, él prefiere el dulce recuerdo de cuando se despertaba un sábado y sonreía por el olor de una tableta hecha líquido.
Entre Uno y otras cosas Triviales, se pasa la tarde esperando que dejen libre el campo verde por el que no podrá caminar, pero adonde empujará con empeño los números que le siguen pese a que él decidió poner tierra de por medio metiéndose en una relación de amor por las letras que hoy se dedica a escribir sin descanso, bajo el dictado y el dictamen de alguien que se aprendió la lección a base de plagiar su propia sangre.

Agarra un número ocho, aunque le daría igual ser en la lista un veinte. Quiere tumbarse y dejarse llevar a un mundo onírico, donde los textos sean frutos que de un árbol de nombre sintaxis, se conviertan en manzanas prohibidas que pueda tirar sobre quien pase bajo su ventana para hacerle salir; no quiere fonemas que no digan nada, vive de los lexemas de la vida, aconsejando los consejos que otros consejeros quieren aconsejar.

Son las cinco
y con ellas
llega el olvido


No sé quién soy ni quién dejé de ser, estoy perdido en un lugar que no conozco pero que pude comprender. Porque las cuatro partes de la vida son tres, que son dos: aprender. Acabé de estudiar, mas en mi vida jamás podré acabar de aprender.

El reloj se ha parado
marca las doce,
voces o gritos arrimados
marcan su morte.


Abro los ojos y me pregunto: ¿eso fue ayer o sólo ha sido un sueño? Estoy en Literatura, el profesor tartamudea.

Es la una, marca la hora
con un bostezo vano
que en el aire se ahoga.
viernes, 3 de agosto de 2012 1 comentarios

Entre caballeros

Todos los presentes sabían que había caído en desgracia. Era un hombre detestable, con un aliento que desprendía alcohol a su alrededor. Vestía un traje viejo, de la época en la que fue un caballero admirado. Sus canas se habían rebelado y se escapaban del sombrero polvoriento que llevaba sobre su cabeza. Sus manos de dedos largos y finos, estaba consumidas por arrugas y arañazos mal curados. Sus ojos se ocultaban detrás de unos cristales mugrientos, cuya montura estaba oxidada. Sin embargo, lo que llamó mi atención fue el contraste entre sus zapatos y el resto de su cuerpo. Negros y relucientes, con las cuerdas atadas en un nudo perfecto, tan elegante como hubiera sido él años atrás. Con una delicadeza femenina, apartó las gafas de sus ojos que, clavados en mí, parecían rugir, quemarlo todo. El silencio, vivo espectador de aquel encuentro, hizo que escuchara mis propios latidos, lentos.

-Hola, maestro.

Su presencia siempre me hacía sentir más pequeño. Retroceder los años vividos, las experiencias, la vida rebobinaba en su presencia hasta un aula marginal de un barrio pobre. Y él, delante de aquellos niños sin futuro, con su traje impecable, sus perfectos zapatos negros, su sombrero colgado en la percha rota, dejando al descubierto una corta melena oscura. Y su sonrisa. Aquellos deslumbrantes dientes que se mostraban tan sinceros y tan juveniles. Él nos enseñó las herramientas para la vida, nos inspiró para soñar, nos dio la vida que no teníamos en apenas unas horas a la semana. Todo como una beneficiencia de un rico empresario, su padre, que costeando sus estudios liberales en el extranjero, le permitía aquel experimento en un lugar donde no llamara la atención. Y gracias a él yo había llegado hasta donde estaba, en mi cumpleaños, rodeado de gente tan glamurosa como detestable, mientras que él había sido olvidado por una sociedad que no quería gente que creara sueños para los demás. Yo nunca lo había podido olvidar, pero ahora todo era distinto, todo salvo sus zapatos. Los mismos con los que un día lo enterramos. Él asintió y yo suspiré por última vez. Son curiosas las formas en las que la Muerte se nos presenta.

lunes, 30 de julio de 2012 0 comentarios

Anhelo

Hay fronteras que no pueden atravesarse. Cielos que nunca podremos alcanzar. Estrellas que arden para no dejarnos tocarlas. Hay anhelos imposibles de superar.

El anhelo de tu pelo, un mar de rizos, en el que navego para encontrar un beso. El anhelo de un abrazo cuando menos me lo espero. El anhelo de esa risa que no deseas que llegue, víctima de unas cosquillas que no quisiste tener. Anhelo tus enfados, pero sobre todo, nuestra reconciliación. Anhelo pedirte perdón en un susurro que estremezca tu piel. Anhelo que me preguntes si te quiero, como si no supieras la respuesta.

Anhelo tus sustos, tus sonrisas y tus golpes. Anhelo verme reflejado en tus ojos, porque me veo en ellos como no me veré nunca. Anhelo ver el atardecer y la luna contigo, en un sofá compartido. Anhelo ir a tu lado en el autobús. Anhelo nuestros problemas de cada día, porque superarlos es parte de nuestra vida. Anhelo verte huir de las cebollas y las moscas, de los mosquitos y demás bichos. Anhelo tus gritos en fa sostenido. Anhelo tus caídas, cada una de ellas.


Anhelo tu gesto cuando te tiro una foto, y anhelo que luego quieras verla. Anhelo que digas que estás fea y yo sepa que eres mi princesa. Anhelo verte llorar, aunque siempre espero que sea de felicidad. Anhelo enervarte con mi detallista organización. Anhelo hacerte de comer y regañarte cuando no has terminado tu plato. Anhelo perder contigo en un juego y anhelo ganarte después. Anhelo sorprenderte. Anhelo caminar por las calles de una ciudad que no es nuestra, pero que nos ha conquistado a los dos.

Anhelo tus pases de modelo, anhelo verte maquillándote, anhelo verte sin maquillar. Anhelo ver cómo te despiertas, siempre tan despacio, siempre con demasiada paciencia. Anhelo escuchar el despertador a tu lado. Anhelo tener una vida contigo. Anhelo soñar juntos, sea dormir en una misma cama o vivir un futuro que aún no ha llegado. 

Anhelo verte a mi lado y esperar verte ahí por cuantos años tengamos que vivir.

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