miércoles, 17 de abril de 2013 1 comentarios

Ojos grises

-Tranquilo, todo está bien.

No podía dejar de respirar con dificultad, poco acostumbrado como estaba a correr de aquella forma, aún menos bajo la lluvia. Empapado, frío y confuso. Así se sentía el muchacho ante su suegra, que le sonreía intentando transmitir una calma que ni siquiera ella tenía.

Había llegado tarde entre atascos de una ciudad que le había puesto más impedimentos de lo acostumbrado y un hospital desconocido o irreconocible en un día tan gris. No era aquel su lugar, pero se había convertido en su hogar. Y, sin embargo, todo seguía siendo tan extraño como el primer día en que recorrió aquellas calles en compañía de su sonrisa nerviosa. Una sonrisa que estaba deseando volver a ver, tenerla a su lado. No le bastaban las palabras de calma, quería abrazarla y desear que todo hubiera ido bien. El corazón le palpitaba recordándole la primera ocasión en que le dijo un te quiero a la cara años atrás, cuando él era un jovencito sin ideas de su futuro y ella, una niña que escondía su sensibilidad detrás de una carcasa creada por las traiciones de su adolescencia recién terminada.

Compartieron sus sueños en aquella ciudad que no les pertenecía a ninguno. Eran forasteros en busca de algún camino para seguir viajando. Así pasaron los años entre confidencias nocturnas mirando las estrellas por la ventana, espejos empañados donde dibujaban corazones y discusiones con alguna lágrima caída. Reconciliaciones a ras de sábana. Besos en forma de palabras y discursos que nunca más nadie ha logrado escuchar. Adoraban la felicidad de los pequeños momentos, aunque no podían evitar perderse en las angustias de los problemas que surgían. Él se encogía de hombros sonriendo, ella se preocupaba, y juntos hacían un dúo perfecto en cada abrazo. Eran, en definitiva, felices con una vida sencilla que aspiraba a fortalecerse con el paso de los años. Como esas casas antiguas sustentadas por cada uno de sus ladrillos, creando con paciencia el más cálido hogar, evitando las molestas grietas.

En la cima de aquel hogar se tendían ahora los dos, sabiendo que debían continuar construyendo aquella vida deseada por los dos, entre risas, bromas, sonrisas, besos, caricias y bostezos. 


-Pasen.

Aún con la mano de su suegra tomada entre las suyas, sin recordar cuando las había comenzado a apretar, las soltó y entró deprisa en aquel pasillo con cristaleras. A un lado la ciudad con sus luces alumbrando la noche, al otro lado unos ojos grises que sosegaron los latidos rápidos y lo anclaron a la vida como un motivo más para el que sonreír.

Puso su mano en el cristal. Allí no estaba ella, no estaban sus sonrisas, ni sus caricias, ni su cuerpo, sino su fruto, el de ambos, la vida de la que se habían desprendido para crear una nueva ilusión. Algún día aquel gris tomaría un color, recorrería los pasos que ellos ya habían pisado, los superaría en el paso de los años, y finalmente pondría techo al hogar que juntos estaban construyendo.

Sonrió entre lágrimas y dio gracias por tener la semilla de un sueño que empezaría a florecer.

-Está despierta, si quieren pasar a verla.

Se separó del cristal y pudo ver cómo sus huellas se disipaban en busca de un abrazo. Los milagros de la vida se presentan de la forma más pequeña posible.
domingo, 24 de febrero de 2013 0 comentarios

Cielo

Mirando un cielo gris mientras mi cabeza da vueltas a la idea de cómo el tiempo, al igual que las personas, cambia según creces. Aún podría tirarme las horas de mi infancia leyendo cuentos entre las nubes y sentir la inmensidad en algo tan pequeño como una estrella. 

Podría volver a dibujar corazones con los rayos de sol que alumbraron mi adolescencia y perderme con la luna en busca de todos aquellos sueños que quedaron atrás. Tiraré más fotos con el gris de las nubes y sentiré la lluvia como el recuerdo de todas las lágrimas que podría contar mi almohada.


Pero ahora sólo me quedaría con el atardecer, cuando los últimos haces de luz colorean mi mirada con todos los anhelos y desvelos que mi corazón guardó en secreto para que yo pudiera seguir volando a mi cielo favorito: el cielo de tu cuerpo.
martes, 22 de enero de 2013 0 comentarios

Una guerra diaria

En la ciudad llueve. Es el pensamiento de una mañana que quiso ocultar el sol. Lluvia. Las gotas me caen en la cara y solo puedo pensar en la nostalgia que me transmite un paisaje gris. Los edificios se alzan ocultando la auténtica belleza de su arquitectura. No fueron creados para perdurar. Tampoco como símbolo de lo bello. No están plasmados como una obra de arte. Y acaso me pregunto si una obra de arte no puede ser útil como un hogar que, a simple vista, parece tan frío como la lluvia.

Espero mientras las gotas recorren el camino que habrán de recorrer las ruedas de un autobús que no llega. Una pareja se despide con un beso en esta parada, el niño corretea a su alrededor y yo sonrío mientras suena L'estasi Dell'oro, la composición de un western con un silbido inolvidable. Una aventura que solo se puede vivir a través de una pantalla. Hoy cualquier cosa se puede vivir a través de una pantalla, pero no hay nada como el hecho cálido de un beso en una parada de autobús en una mañana lluviosa, mientras el vaho se hace visible a nuestros ojos y los niños juegan a fingir fumar.

Los días se repiten. Otra mañana será el sol dominante. Acaso las hojas de los árboles volverán a ser verdes cuando ahora podrían estar copadas de blanco. No hay mejor tiempo que el de la mirada que capta un segundo que nunca volverá a vivir. Lo captura como una fotografía. Y yo sigo pensando en aquella pareja, en aquel niño, en un autobús que tarda y en una clase que comenzará con un alumno menos. Preocupaciones de una vida presente que desaparecerán en una vida futura y que nunca existieron en una vida pasada. Me pregunto por la sonrisa tonta que se escapa de mis labios. No hay respuesta. O sí la hay. Es la nostalgia, es  la esperanza. Es un sentimiento que sabe a dos tiempos.


Es la desdicha de vivir cada día sin darse cuenta de que todos nuestros recuerdos son ya un camino recorrido y a superar por nosotros mismos. Quizás ellos no sabían ayer que se darían un beso que yo haría eterno. Quizás su preocupación en aquel momento no estaba en la mirada de un extraño, sino en una despedia diaria y cariñosa; la muestra de un esfuerzo por salir adelante de alguna situación desesperada. Porque la vida es así, una situación desesperada en la que necesitamos esperanzas, sueños que nos creamos para sobrevivirla.

Aquella misma mañana, la voz solemne en una clase magistral se dedicó a hablarnos de la máxima tragedia romántica que la literatura nos ha dado, sin nombres italianos. Silenciosamente llegó al final de la clase y soltó una última conclusión antes de marcharse. Sus palabras merecieron el sobrecogimiento de la sala, la emoción del escalofrío que te confirma que tiene razón, y la necesidad de compartir con todos el conocimiento más profundo de la vida. Pero no será hoy cuando reproduzca las palabras de un genio en el ocaso de su tiempo. Ni he de hablar de literatura, ni de amor. Solo de una guerra diaria. Porque no hay paz en el día a día. Porque vivir es estar en conflicto. Y en el momento de cerrar los ojos darse cuenta de que todo lo que somos y tenemos un día se esfumará. Eso es la guerra.

No importa quién venza, porque todos desaparecerán. Por eso prefiero vivir mis días sin lamentarme por los errores pasados. El agua no regresa a recorrer el mismo surco, avanza inexorablemente hacia el final, sea cual sea. Como el tiempo. Como mi tiempo.

Como tu tiempo.

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