sábado, 14 de febrero de 2015 0 comentarios

Siempre vale

Cuando tomas la decisión de comenzar a caminar, tienes que estar dispuesto a aceptar el camino que te toque deambular. Eso mismo hice contigo. Sabía quién eras y aún te fui descubriendo más por este sendero que juntos comenzamos un veintiocho de diciembre. Puede que sonara a broma, pero en realidad iba muy en serio. Tanto que pasan los años sin que nos demos cuenta. Yo ya tenía alguna cana escondida entre mi pelo mientras que tú has mantenido las rosas negras de los rizos de tu pelo. Cuando miro atrás, la vida se bifurca en miles de posibilidades... y ninguna vale. Porque sé que la correcta, la que siempre vale, fue la que tomé y sigo estando a tu lado.

Y aún veo qué nos queda por recorrer y corro con más fuerza, pero también con más cautela. Porque no quiero que por el ansia de llegar a nuestros sueños, me pierda el esfuerzo vital de haber llegado a tu lado. No quiero dejarte atrás, sino empujarte hacia lo más alto. Ser tus fuerzas aún cuando las lágrimas quieran llegar a tierra. Luchar contra la gravedad y contra los miedos, las discusiones y peleas. Vencer molinos que parecían gigantes... pero que no eran más que molinos que dejar atrás en el paisaje. 


Te conozco y sé cómo cojeas. Y no te quiero a pesar de ello, sino con todo ello. Porque en ti, todo siempre vale. Porque no se trata de cerrar los brazos al reencuentro, ni cerrar los ojos a lo evidente, ni hacer oídos sordos a las palabras, tampoco de enfrentarlas como ogros, sino llegar a trazar en las adversidades un puente entre ambos. Que cuando un río separe nuestro andar, no dejemos que la corriente se trague a uno de nosotros, sino rescatarnos mutuamente o morir ahogados en la violencia de un último beso. Pero mejor rescatarnos, que si no, el viaje se acabaría aún antes de poder mirar atrás y decir: sí, siempre vale, siempre valió cada paso que dimos, mereció la pena. Porque ahora que sé que me marcho a otro camino aún más lejano, sé que si me quedara, aún podría celebrar con alegría cada catorce de febrero, como puedo celebrar cada día de marzo, y de mayo... y de todo el año.
domingo, 28 de diciembre de 2014 0 comentarios

Diario de abordo

El sol de esta noche no ilumina nuestra travesía, pero estoy contigo y eso me da fuerzas para continuar cada día, cada semana, cada mes, un año más. Las olas nos dejan a la deriva, la potencia del viento nos impulsa lejos de nuestro destino, pero nos agarramos a los remos y seguimos hacia delante. Desde que empezó este viaje, hemos sondeado mares extraños, tormentas imposibles y también aguas en dulce calma, cristalinas y bellas. Preciosas playas de islas desiertas. Un suave rumor de brisa fresca ha tocado tu cara y el aire se ha perfumado de tu presencia.

Mañana cuando vuelvan a despertar las flores, cuando la luna se pasee durante el día y las estrellas no brillen en el firmamento, cuando los hielos se derritan y la sombra arda, mañana cuando tú y yo no estemos, mañana, entonces solo quedará el recuerdo entre cenizas y arena de nuestros nombres armados en este texto. Hasta entonces, mi vida, que sirva para pensar en nosotros y en nuestra vida.

La primera vez que te vi no fue especial, lo especial fue comenzar a verte de otra manera. La primera vez que hablamos seguramente fue lo más normal del mundo, todo lo contrario que el primer te quiero. La primera vez que me llamaste por mi nombre no logro recordarla, pero aún escucho en mi oído cada susurro con el que me nombraste. La primera vez que nos despedimos no me dolió, hoy cada despedida me parte el corazón. El resto de primera veces las recuerdo perfectamente. Te he visto dormir apoyada en mí y he acariciado cada uno de tus cabellos. He visto pasar los años a tu lado y solo espero seguir haciéndolo. Hasta llegar a la última playa.


Esa playa donde recordar toda nuestra vida juntos. Aquella donde nos reiremos de todos nuestros sufrimientos, aquella donde lloraremos por nuestras alegrías. Aquella donde repasaremos estos primeros años y descubriremos que tan solo eran los primeros avances de un largo, larguísimo viaje. Aquel que en verdad estamos ahora empezando, porque siempre empieza cada 28 otra vez, como un fénix que renace de sus cenizas, como un barco que llega a puerto para seguir navegando, como tu sonrisa cuando hace brillar el mundo entre mis brazos. El mar sigue ahí, pero está para navegarlo.

Cuando echo la vista atrás, todos los rincones de mi memoria tienen tu nombre. Ya no has dejado ningún rastro sin tu presencia y no deseo realmente que quede ninguno que no lo tenga. En todo pones tu mirada y en todo dejas tu huella. Será por eso que ya no tengo más camino que seguir tus pasos allá donde me lleven.


sábado, 20 de septiembre de 2014 0 comentarios

Un mundo ausente

Cuando vuelvo a pasar por esas calles, solo siento la ausencia. No veo nada más que tu ausencia. Poco importa que el paisaje sea tan hermoso como siempre, que el atardecer ilumine con sus últimas fuerzas mis ojos y brillen en un ámbar ennegrecido. La naturaleza no ha sabido confortar tu pérdida y aún cuando sigo escribiendo, aún noto que vienes por detrás, me acaricias el pelo y te vas. Solo que sé que no estás, o peor, que no volverás, que es imposible que vuelvas.

Durante años me he preguntado por la muerte. Ahora que la tengo tan cerca, me pregunto más por la vida. Por esa vida que me devuelve los recuerdos, las miradas en las fotografías, tu voz en los vídeos. Nos pasamos el tiempo guardando la memoria para que después nos torture con su nostalgia. Con el tiempo pasado hemos creado una historia que nos hace llorar en nuestro presente desgraciado y que viene a ensombrecer los días venideros.


No sé qué es estar sin ti, porque allá donde miro, tú me miras. Sigues sonriendo eternamente. Y yo estoy aquí, solo, frente al tiempo taciturno, que me dejó las horas hastías de un mundo ausente.

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