martes, 26 de mayo de 2015 0 comentarios

Fobia

Desde que nos vimos supe que nunca podría volver a verte de la misma forma. Descubrí en ese instante en que duraron nuestras miradas que debía temerte. He tenido miedo desde entonces. Miedo de encontrarte. De verte arañando mi cuerpo. De notar tu rastro en algún lugar común. Y de saber que no puedo escapar.

Pero también descubrí en tu mirada el pánico, aquella emoción que te hizo retroceder a tu escondrijo y comenzar esta vida de cobardes que ambos llevamos.
jueves, 7 de mayo de 2015 1 comentarios

En los ecos de tu memoria

A MB.

Se quedó mirándolo absorta, con los ojos perdidos en el infinito, pensando en todo el tiempo que había pasado desde que se conocieron hasta ese mismo instante... ¿5, 33, 48... años? Ya ni se acordaba. Y él tampoco debía hacerlo. Se asemejaba a un niño pequeño, como sus hijos, los que tuvieron juntos, los que ya no estaban con ella. No, mejor dicho, era como un hijo más. La enfermedad era así... ¿cómo era? Alzheimer. Recordaba, eso sí, que alguien le había dicho que no merecía la pena pasar los últimos años de su vida cuidando de alguien que iba a olvidarlo todo. Qué tontería juzgar aquel amor en espera de un agradecimiento.

¿Cómo iba a dejarlo con extraños que no le amaran tanto como lo hacía ella, que hasta por la noche le hacía arrumacos como si fuera un bebé? Como cuando dormía junto a la cuna de su hermano pequeño. Y él la abrazaba con fuerza y podía escucharlo llorar y ella le decía: ea, ea, ea... Y la apretaba con fuerza y le mecía los cabellos y le besaba la boca... Y ella se ruborizaba como cuando fue adolescente, como en su primer beso durante un baile... ¿Dónde fue? Solo le venían a la cabeza las risas y el sonido de una música atronadora. Y su cálido abrazo.


No estaba tan mal, solo que a veces no la llamaba por su nombre... Le hacía tambalearse la idea de no volver a encontrarlo en medio de tantas lagunas. Pero siempre había ocasiones en que se cruzaban sus voces y conversaban por horas, hasta que la luna iluminaba tanto el cielo que comenzaba a amanecer. En esas noches, solían bailar, como antaño, como en el primer beso. Y repasaban uno a uno los nombres de su familia: los que ya no estaban, los que seguían cerca, los que estaban lejos y los nuevos, los recién llegados. Historias que se iban entrelazando y que a ella la dejaban agotada, mientras que él, con la cara iluminada, razonando como no solía escucharlo, narraba con seguridad y soltura cientos de anécdotas de una vida que parecía pertenecer a otras dos personas, pero que era la historia de sus vidas.

Fijó su atención en la taza de té que había a su lado, no recordaba cuándo la había preparado, pero aún estaba tibia cuando la probó. Los últimos rayos de sol del atardecer se filtraban por la persiana y proporcionaban luz a la penumbra de aquella habitación. Vio entonces que él estaba allí de pie, mirándola. Sus ojos se cruzaron y él sonrió. Parecía lúcido. 

-Ven, mi pequeño Alejandro, ven -dijo ella, sabiendo lo que aquella mirada traviesa significaba.

Y Gabriel abrazó con ternura a su mujer enferma.
sábado, 14 de febrero de 2015 0 comentarios

Siempre vale

Cuando tomas la decisión de comenzar a caminar, tienes que estar dispuesto a aceptar el camino que te toque deambular. Eso mismo hice contigo. Sabía quién eras y aún te fui descubriendo más por este sendero que juntos comenzamos un veintiocho de diciembre. Puede que sonara a broma, pero en realidad iba muy en serio. Tanto que pasan los años sin que nos demos cuenta. Yo ya tenía alguna cana escondida entre mi pelo mientras que tú has mantenido las rosas negras de los rizos de tu pelo. Cuando miro atrás, la vida se bifurca en miles de posibilidades... y ninguna vale. Porque sé que la correcta, la que siempre vale, fue la que tomé y sigo estando a tu lado.

Y aún veo qué nos queda por recorrer y corro con más fuerza, pero también con más cautela. Porque no quiero que por el ansia de llegar a nuestros sueños, me pierda el esfuerzo vital de haber llegado a tu lado. No quiero dejarte atrás, sino empujarte hacia lo más alto. Ser tus fuerzas aún cuando las lágrimas quieran llegar a tierra. Luchar contra la gravedad y contra los miedos, las discusiones y peleas. Vencer molinos que parecían gigantes... pero que no eran más que molinos que dejar atrás en el paisaje. 


Te conozco y sé cómo cojeas. Y no te quiero a pesar de ello, sino con todo ello. Porque en ti, todo siempre vale. Porque no se trata de cerrar los brazos al reencuentro, ni cerrar los ojos a lo evidente, ni hacer oídos sordos a las palabras, tampoco de enfrentarlas como ogros, sino llegar a trazar en las adversidades un puente entre ambos. Que cuando un río separe nuestro andar, no dejemos que la corriente se trague a uno de nosotros, sino rescatarnos mutuamente o morir ahogados en la violencia de un último beso. Pero mejor rescatarnos, que si no, el viaje se acabaría aún antes de poder mirar atrás y decir: sí, siempre vale, siempre valió cada paso que dimos, mereció la pena. Porque ahora que sé que me marcho a otro camino aún más lejano, sé que si me quedara, aún podría celebrar con alegría cada catorce de febrero, como puedo celebrar cada día de marzo, y de mayo... y de todo el año.

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