jueves, 31 de diciembre de 2015 0 comentarios

Tiempo que pasa

Qué lento pasaba el tiempo que tan rápido ha pasado.

A Mercedes le dijeron que nunca valdría la pena esperar, que esperar supondría morir cada día, como si la vida no fuera acaso descontar los días para un final incierto. Pero ella nunca se separó de la cama del hombre que le había preguntado qué haría en los próximos cuarenta años.

A Álex nunca le aceptaron en la escuela de música y deambulaba por las calles tocando una vieja guitarra que encontró entre la basura. Sé que lo pasó mal. Aún le recuerdo paseando en las calles nevadas, tiritando de frío y con una garganta en su canción. Tras besar a su hija en la frente, se subió al escenario olvidando otros tiempos, tiempos donde un negro no podía cantar.

A Sara le gustaba mirar pasar los coches desde su ventana. Hasta que una mañana de abril decidió correr las cortinas y tratar de olvidar que en uno de ellos se fue la vida de su madre.

A Marianela nunca le gustó su nombre, pero se enamoró de la forma en que lo decía Galdós. Una romántica que leía en la trastienda del bar las noches en que sus padres se deslomaban porque alcanzara algún día la universidad.

A Rosa le gustaba pasear por el parque de la mano de su novio, porque nunca pudo hacerlo de la mano de sus padres.

A Lucas no le gusta llorar porque los hombres nunca lloran, pero se olvidó del prejuicio cuando la acunó entre sus brazos, cuando le concedió un baile en su boda y cuando volvió a tararear otra nana.

A Jacinto le costaron tres matrimonios, cinco hijos y cincuenta cenas de Nochebuena descubrir que solo consigo mismo bastaba para ser feliz.

A Joaquín le tiembla el pulso cuando trata de escribir, porque el tiempo se le echó encima y poco a poco ha olvidado lo que sentía por su mujer. Los votos nunca se deben dejar para última hora, menos cuando te apoyas en la espalda de otra mujer.

A Pedro le gustaba mirarse al espejo y disfrazarse de Penélope, pero su hermano mayor siempre prefirió el frío desprecio y los viejos ojos morados. Algunos días hay quien se gira cuando Penélope pasa por su lado abrazando a su marido.


A Torres Espínola le crecían los negocios debajo de la puerta, los papeles verdes le devoraban la oficina y se creía rey de algún lugar olvidado de la justicia. Sus hijos ya no esperan que su padre les arrope, ni él se pudo llevar su riqueza a la tumba.

A Gabriel, su hija se le fugó con un novio. Pero cada Nochebuena sigue poniendo sus cubiertos a la mesa, esperando que él se la devuelva de la muerte.

A Teresa cada fin de año le recordaba que ya nunca oiría sus voces, pero miraba la cena en la mesa y sonreía con entereza para no apagar la sonrisa de sus nietos.

A Sara le costó veinte años descubrir el esfuerzo de su abuela. A Gabriel tan solo cuarenta. Rosa lo supo desde el principio.

A Raimunda se la espera siempre en su casa, sus hijos lloran por la noche, su marido abrumado por la pena espera en la puerta como un perro fiel. Cuando la puerta se abría cada noche, llegaba la felicidad a su silla de ruedas.

A Juan nadie lo quiere más que Quique. Todavía bailan cada Nochevieja en plena Puerta del Sol, donde fingieron conocerse por primera vez y olvidaron que Juan lo abandonó por anhelar una vida normal.

A Lucía le apasionaban los cuentos de príncipes azules y perdices para cenar. Aunque hoy despliega su pasión con María en el balcón.

A Enrique le encantaba la tradición, engalanar su casa por Navidad, divertir a sus hijos, bailar con su esposa en el salón, rasgar el ambiente con una guitarra, leer un cuento cada noche junto a sus camas. Y nunca tuvo reparos en abrir un rincón en su corazón al novio de su hijo.

A Dolores siempre le dijeron que el amor era para toda la vida, y siempre lo quiso, a pesar de que otros hombres pasaran por su cama, y de que nunca le dijeron cómo amar cuando la vida se viste de luto.

A Ramiro le encanta pasar tiempo con los amigos en el bar, recordaba viejas juergas juveniles con ellos, pero cuando cerraba la cancela, tan solo deseaba tener más tiempo para su hija.

A Paula no se le olvida su primer viaje a Granada, viendo la literatura hecha tierra que su padre soñó hasta desaparecer. Porque ella misma encontró su sueño en aquel muchacho que balbuceaba en inglés canciones de amor.

A Luis, siempre tan tímido, se le hacía un nudo en la garganta cuando acercaba sus labios al oído de María Gabriela, para decirle tras cinco largos años juntos que todavía te espero entre mis brazos, como la primera y hasta la última vez.

Qué lento pasaba el tiempo que tan rápido ha pasado.
miércoles, 26 de agosto de 2015 0 comentarios

Nunca por los demás

-A pesar de tener una legión de seguidores, muy pocos saben quién se esconde detrás de tanta fama. Parece disfrutar manteniendo su intimidad y su pasado a salvo, ¿o está ocultando algo?

Nuestro entrevistado se tomó con paciencia su respuesta, comenzando a encenderse un cigarro al que llegó a dar una calada, para después soltar el humo por la boca y sonreír.

-Soy una persona humilde, sencilla, llegué al éxito por casualidad. Pero no, no tengo nada que ocultar. No hay cadáveres en mi armario, ni en mi maletero.

-Aún así, no es una persona a la que le guste hablar de su pasado. Seguro que le han hecho esta pregunta muchas veces, pero, ¿por qué cantar? ¿De dónde le viene esa pasión?

-Creo que he mentido muchas veces, pero, ¿sabe? Le voy a ser sincero. La casualidad fue el éxito, no la música. La música siempre estuvo ahí. Eso me valió bastantes disgustos, la verdad. Cuando recuerdo aquellos días hay una mezcla de rabia y nostalgia, porque cantaba porque quería, cantaba lo que oía por la radio, por la televisión, tenía a mis amigos cansados de mí. Pero lo peor era que no siempre tuve buena voz y ni siquiera afinaba. Algunos se burlaban de mí, lo recuerdo bien, me decían que cantara y se reían. Se puede decir que eran cosas de críos, no sé, pero ahí están, hundiendo la vida y los sueños a otros. Yo nunca fui cobarde, aunque fueran mayores que yo, y les gritaba que ya se dejarían de reír, que ya me verían cuando fuera famoso. Si otros habían podido llegar a vivir de su música, ¿por qué yo no? Me preguntaba. Y se lo iba diciendo a todos. Y se reían de mí, claro.


-Ahora muchos de ellos se estarán arrepintiendo, ¿nadie le apoyó en aquel momento? ¿Su familia...?

Se retorció un poco en su asiento y cortó mi pregunta.

-En verdad llegó un momento en que me daba igual, porque dejé de contar mi sueño. Mis padres no podían permitirse darme una educación musical y al final nunca me la dieron, pero tampoco cortaron mis alas. Sin embargo, creo que mi padre me dio la mejor lección para empezar este viaje. Siempre pensé que él no entendía mi sueño, aunque al tiempo he logrado comprender que quizás sí lo hizo. Quizás más de lo que nunca pueda creer. Nunca se salió de lo que había sido una vida encarrilada: su familia, su trabajo, su pueblo. Y, sin embargo, estaban esas tardes de domingo sentado en la terraza de nuestro piso, mirando al cielo, viendo volar a los pájaros. Mientras que una máquina de escribir iba cogiendo polvo en el escritorio del salón. Siempre me pareció que por las noches la escuchaba, pero con el tiempo llegué a pensar que eran ensoñaciones de mi infancia. Ahora sé que escribía, que siempre quiso escribir, que tenía un sueño como yo. Es curioso pensar que pasas gran parte de tu vida creciendo con alguien que te conoce desde que naciste pero del que tú, al final, llegas a saber tan poco. Supo que sufría esas burlas, supo que yo iba por ahí contando mis sueños. Y solo me dijo que si tenía un sueño, no lo aireara por ahí. Que era mejor que nadie lo supiera, no solo porque lo convertirían en un chismorreo, sino porque me lo recordarían, especialmente, me dijo, cuando no lo hubiera podido cumplir o cuando hubiera dejado de ser mi sueño. Cuando le dije que de verdad era lo que quería hacer, solo se encogió de hombros y me respondió que, en tal caso, lo debía hacer por mí mismo, no para demostrarle nada a nadie. Y desde entonces no volví a hablarle de mis sueños a nadie. No hasta que los cumpliera.

Tiró la ceniza. Dio otra calada y el humo que soltó después se quedó un rato en el ambiente, como el silencio.

-¿Su padre está orgulloso de que haya cumplido su sueño?

-Ojalá pudiera saberlo. Falleció un verano durante una de esas tardes de domingo, sentado en su terraza, cuando yo tenía once años. Creo que nunca llegó a ver ningún sueño cumplido.
martes, 26 de mayo de 2015 0 comentarios

Fobia

Desde que nos vimos supe que nunca podría volver a verte de la misma forma. Descubrí en ese instante en que duraron nuestras miradas que debía temerte. He tenido miedo desde entonces. Miedo de encontrarte. De verte arañando mi cuerpo. De notar tu rastro en algún lugar común. Y de saber que no puedo escapar.

Pero también descubrí en tu mirada el pánico, aquella emoción que te hizo retroceder a tu escondrijo y comenzar esta vida de cobardes que ambos llevamos.

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