miércoles, 12 de junio de 2013 0 comentarios

Perfume

Se fue. Dejó la puerta cerrada como un punto final en una oración. Un párrafo que da por concluído el final de un capítulo con regusto a un Continuará no cumplido, dejando tras de sí el suave olor de un perfume que huele amargo. Se ha ido y todavía queda la esperanza de que vuelva, y con ellas, sus olores, sus te quieros nocturnos que rozaban el alba, sus rosas de plástico decorando la habitación con falso aroma a sueños por cumplir.


Permanece aún su fragancia roja, quemándose ante el amarillo de una primavera con sabor agridulce, entre agostos olvidables y febreros demasiado cortos.

Y la puerta se abre, y ya no sé qué fue sueño y qué pesadilla.
y vi que estuve muerto en el sueño,
y vi que con la vida estaba soñando.
martes, 7 de mayo de 2013 0 comentarios

El primer ocaso

Hay días que no se olvidan, que permanecen aunque queramos olvidar. Hay otros momentos, sin embargo, que se olvidaron hace tanto tiempo que nunca nos detenemos a pensar en ellos. Son las ocasiones en que, transcurrido el tiempo, se aglutinan formando un caos de rutina insulsa, como una masa uniforme sobre la que tenemos un pensamiento predefinido, una vida hacia atrás que realmente no recordamos.

De esos momentos, mi pensamiento con sus alas ha recorrido lugares extraños, desconocidos. Como si de una soledad gongorina se tratase ha habitado en tiempos que nunca viví, en sentimientos que nunca tuve y en experiencias imposibles en este mundo. Hoy, como ya hiciera en una ocasión, se ha posado en una ventana y mira a través del cristal un universo al que no pertenecía, pero que ahora comparte.


Un martes primaveral, entre luces encendidas en el hospital brillaba el llanto de una niña recién nacida. Una mirada grisácea que con el tiempo tornaría en oscuro marrón, como los árboles desnudos del invierno abandonado. Una sonrisa entre sus padres y el deseo de vivir de sus manecillas, aferradas a sí mismas. Y en el cristal, el pájaro que la observa entre deseos de nacer ocho meses después.

Ella era la unión de la virginal actitud con el mensaje más iluminador, o quizás era un mar en un cielo envuelto, alguna luna que riela en ese mar. Era un suspiro a punto de brotar. La herencia materna de un nombre unido a las estrellas. Ella era Mariela. Una nueva flor en esta reciente primavera, surgida de la inseguridad entre los cardos, con la belleza tímida de los acianos y bendecida por la mirada de las freesias.

Alegría temprana de los primeros meses para un largo invierno febril de años siguientes. Soledad cariñosa entre cuatro brazos que le enseñan a vivir. Son los años olvidados de una infancia donde se mezclaba el azúcar con la sal. Faltaron las ganas de comer, pero sobró la alegría por vivir. Mientras rosas se marchitaban, esta crecía con la fragilidad sutil del silencio de una sonrisa. Vivió entre cristales, observando un mundo desde la ventana de algún hospital, de algún baño natural, con una tos delicada, tic tac irremediable de los relojes que tanto ha llegado a odiar, aquellos que la privaron de los buenos momentos para alargar todos los veranos que maldijo.


Solo el transcurrir de una vida de vicisitudes la elevaron hasta el jardín recóndito de la desconfianza, fría y oscura celda de la soledad indeseada. Con alas rotas, necesitó la fortaleza de algún ángel que la elevara hasta la más alta cumbre, aunque fuera en la cuna de la inocencia, como si de un nuevo renacer se tratara. Al final, como un relámpago en la travesía por el desierto, la vida.

Se erige como una estatua clásica, con una naturalidad a la que sobran maquillajes. Un ramo de rosas negras coronan su cabeza y mira cariñosa a través de dos cristales, reflejados en ello una ciudad que la cautiva y una luna que la enamora. Y todo pasa como el sueño de alguna noche otoñal, cuando deseó que quedara todo un curso para vivir. Solo queda un lago por donde dos patos cruzan, recordando que ya es mayo, y a la vida le quedan poco más de dos días.

Al menos hoy es siete, y volverán, como los vilanos, los sietes de mayos a florecer en primavera.

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22

Dos estrellas cruzan el agua como los años pasaron por su alma,
dejando un surco en la arena que ni el agua cierra. Rielando la luna.
Las raíces emergen hacia el cielo ocre como queriendo atraparla,
de lejos se escapa entre las brumas del alba. Sueño inocente.

Rosas negras coronan su nuca, mirada oscura entre dos sonrojos.
Afilada redondez de un curvo pontazgo para besos salados.
Retrato de versos largos, mayos en imprecisiones de una mártir.
Alcázar sensible que se alza altivo tras un negro telón.

Palacio que la cobija entre sus alas, mar inevitable.
Voces capitales claman su inocencia y un niño la vela.
Princesa entre las sábanas de un poeta amante que la escribe,
valiente pluma, la tinta revuelta. Abrazo nocturno.

Despiertan los patos, alzan su vuelo. Ocaso que nace,
los novios brillan. El agua en calma que el sol ya calienta.
Donde acabaron los versos terminaron hoy sus besos,
lágrimas hundidas en el feliz mar eterno.


miércoles, 17 de abril de 2013 1 comentarios

Ojos grises

-Tranquilo, todo está bien.

No podía dejar de respirar con dificultad, poco acostumbrado como estaba a correr de aquella forma, aún menos bajo la lluvia. Empapado, frío y confuso. Así se sentía el muchacho ante su suegra, que le sonreía intentando transmitir una calma que ni siquiera ella tenía.

Había llegado tarde entre atascos de una ciudad que le había puesto más impedimentos que lo acostumbrado y un hospital que desconocía. No era aquel su lugar, pero se había convertido en su hogar. Y, sin embargo, todo seguía siendo tan extraño como el primer día en que recorrió aquellas calles en compañía de su sonrisa nerviosa. Una sonrisa que estaba deseando volver a ver, tenerla a su lado. No le bastaban las palabras de calma, quería abrazarla y desear que todo hubiera ido bien. El corazón le palpitaba recordándole la primera ocasión en que le dijo un te quiero a la cara años atrás, cuando él era un jovencito sin ideas de su futuro y ella, una niña que escondía su sensibilidad detrás de una carcasa creada por las traiciones de su adolescencia recién terminada.

Compartieron sus sueños en aquella ciudad que no les pertenecía a ninguno. Eran forasteros en busca de algún camino para seguir viajando. Así pasaron los años entre confidencias nocturnas mirando las estrellas por la ventana, espejos empañados donde dibujaban corazones y discusiones con alguna lágrima caída. Reconciliaciones a ras de sábana. Besos en forma de palabras y discursos que nunca más nadie ha logrado escuchar. Adoraban la felicidad de los pequeños momentos, aunque no podían evitar perderse en las angustias de los problemas que surgían. Él se encogía de hombros sonriendo, ella se preocupaba, y juntos hacían un dúo perfecto en cada abrazo. Eran, en definitiva, felices con una vida sencilla que aspiraba a fortalecerse con el paso de los años. Como esas casas antiguas sustentadas por cada uno de sus ladrillos, creando con paciencia el más cálido hogar, evitando las molestas grietas.

En la cima de aquel hogar se tendían ahora los dos, sabiendo que debían continuar construyendo aquella vida deseada por los dos, entre risas, bromas, sonrisas, besos, caricias y bostezos. 


-Pasen.

Aún con la mano de su suegra tomada entre las suyas, sin recordar cuando las había comenzado a apretar, las soltó y entró deprisa en aquel pasillo con cristaleras. A un lado la ciudad con sus luces alumbrando la noche, al otro lado unos ojos grises que sosegaron los latidos rápidos y lo anclaron a la vida como un motivo más para el que sonreír.

Puso su mano en el cristal. Allí no estaba ella, no estaban sus sonrisas, ni sus caricias, ni su cuerpo, sino su fruto, el de ambos, la vida de la que se habían desprendido para crear una nueva ilusión. Algún día aquel gris tomaría un color, recorrería los pasos que ellos ya habían pisado, los superaría en el paso de los años, y finalmente pondría techo al hogar que juntos estaban construyendo.

Sonrió entre lágrimas y dio gracias por tener la semilla de un sueño que empezaría a florecer.

-Está despierta, si quieren pasar a verla.

Se separó del cristal y pudo ver cómo sus huellas se disipaban en busca de un abrazo. Los milagros de la vida se presentan de la forma más pequeña posible.

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