sábado, 14 de enero de 2017 1 comentarios

Estrellas que mueren

Hoy hace un año que falleciste y he pensado en lo rápido que ha pasado el tiempo. Tan rápido que no me di cuenta de tu ausencia. Que no te he echado en falta, aunque sufrí cuando supe que habías muerto, me entristeció, pensé que, en fin, contigo se iba una parte de mí. Quizás me equivocaba, pero en aquel momento lo sentí real. No, me equivocaba claramente. Me equivocaba porque no te echo de menos, no me acuerdo de ti salvo porque ha llegado este macabro aniversario y me lo recuerdan otros.

Es evidente. No te quería tanto como pensaba. En realidad, seguramente nunca te quise. Porque no te conocí nunca. Porque nunca compartimos un momento juntos, o al menos no de la forma en que hubiera podido desear. En realidad, yo estaba contigo, yo te veía, o te escuchaba, o te leía.. pero tú a mí no. Nunca nos cruzamos el tiempo suficiente como para que en mi vida note que me faltas. Y, sin embargo, me duele ver que ha pasado un año desde tu muerte, que ha pasado tan rápido, tan... sin darme cuenta, sin percatarme de que el impacto se fue. Que incluso vinieron otros. Y que también con el resto sentí algo similar.


Lo confieso: no sentí lástima de ti, sentí lástima por mí, o por nosotros, por todos los que nos quedamos. Sentí pena porque contigo se fue una parte de mí, todo aquello que hiciste y que yo relacioné con mi identidad, con la persona que hoy soy. Y también porque contigo se iba tu futuro, tus posibilidades de seguir removiéndome, hacerme sentir de nuevo una conexión especial o, simplemente, disfrutarte. 

Nunca te conocí, no veo por las calles tu recuerdo, no me acompaña en el corazón tu ausencia y, sin embargo, cuánta tristeza, cuánto dolor me da pensar que desapareciste para siempre. Y que contigo se fragmentó mi pasado y parte de mi ser.
miércoles, 28 de diciembre de 2016 1 comentarios

Despertares de un vacío

Para lo que siempre hubo espacio fue para los huecos vacíos. Tratas de evitarlos, pero suceden, nada puede ocultarlos y ahí están, mirándote como te miran solo las cosas vacías. Inexistencias donde no habita ni la felicidad, ni la tristeza, ni la angustia, ni la ilusión. Y esos vacíos llegan como olas que arrastran todo lo que te rodea, sin importar lo que sientas, lo que hicieras, lo que mantuvieras intacto entre tus manos. Seguro que si te hablo de ellos, los recuerdas. Pero solo entonces. Solo cuando alguien te obliga a recordarte que hubo momentos de tu vida en los que no viviste.  En los que te arrojaste a no sentir con todas tus fuerzas, a detener el tiempo, pero tan solo el tuyo. Que todo viviera, menos tú. Que por unos minutos, la Tierra girase contigo, pero tú ya no estuvieras aquí, ni en ningún sitio. Suena desolador, aunque al recordarlo no encontrarás ninguna desazón. Simplemente vacío. Nada.

El mejor despertar de un vacío eres tú. Retornar de la nada para encontrarte a ti. Recordar entonces todo lo que hemos vivido, todos nuestros sueños cumplidos, todos nuestros sueños por cumplir, los años que han de venir, los años que ya pasamos juntos. Todo lo que hasta ahora te he escrito y la mitad de todo lo que me espera por escribirte. Al final, cuando despierto del vacío, la mano que quiero agarrar es la tuya, el beso que quiero dar te pertenece a ti, el abrazo en el que quisiera encontrarme es el que aún deseo darte. Los vacíos de mi vida siempre encuentran tu mirada para llenarse. Junto al recuerdo de mis vacíos, la memoria de tu existencia sigue sumando años.


Yo también he visto tus vacíos. Tus momentos perdidos en la nada. Entonces me he quedado mirándote, he analizado cada rayo de luz que rozaba tu piel, cada sombra, cada poro, cada cabello cayendo en cascada, uniéndose a los demás en una interminable confusión. El vacío de tu mirada y tus ojos en la nada. Tu boca quieta, como si acaso el silencio fuera su mejor casa. La quietud que te rodea. El silencio que se escucha. Y mi mano tocando tu mejilla, tus ojos despertando y buscando los míos, la sonrisa que se dibuja entre tus labios, el beso que nos damos, el abrazo en que nos fundimos. Ese momento en que rompemos el vacío del otro y vivimos el uno para el otro. Esos momentos por los que merecieron la pena seis años y por los que merecerán la pena los próximos sesenta. Porque cuando los vacíos se llenan de amor, regresar a la vida es un alivio.


domingo, 18 de diciembre de 2016 0 comentarios

Las imperfecciones de tu belleza

Anoche, como cada noche en las últimas semanas, te quedaste dormida antes que yo. Y como todas esas noches, antes de apagar la luz, cerré el libro que estaba leyendo y me quedé mirándote. No, no estabas guapa. No eras lo mejor que he visto en mi vida. No tenías una expresión que pudiera sustituir otros rostros, otras caras. Pero allí estabas, durmiendo a mi lado. Segura, tranquila, en calma. Y me daba igual que se te torciera el gesto por la gravedad, que tuvieras la marca de la sábana en la mejilla, que se note entre tus ojos la señal de las gafas quitadas. No me importa que tu pelo se distribuya salvaje por toda la almohada.

Mañana, cuando estés despierta, quizás otro día, trataré de hacernos una foto en cualquier momento. Y te quejarás, y me dirás que estás fea, que ahora no, que qué mal sales. Anoche no te importaba. Y a mí tampoco lo hará mañana. No duermo a tu lado por tu belleza, no espero que siempre estés perfecta, no quiero que nuestros recuerdos sean una pose mal disimulada para quedar bien, sino la sonrisa espontánea de algún buen momento, nosotros despeinados al amanecer, compartiendo en la intimidad uno de esos breves instantes eternos.


Nunca te quise por tu belleza. No puedo amar a nadie por su belleza. Sería como tratar de querer vivir siempre en un instante imperecedero, sería mentirme, engañarte, sería caer en una trampa que nos tienden continuamente. La idea de que debemos ser siempre jóvenes, siempre bellos, siempre perfectos, la idea de que no te puedo querer con tus defectos, de fingir que no hay ninguna arruga, de que no me fije en tu marca de nacimiento, de que acaso no sepa que escondes bajo la ropa. De que no sepa que te quiero porque eres tú y no porque es tu cuerpo.

Todo se desvanecerá, como se pudre la fruta que olvidamos, como caducan las hojas que pisaron nuestros pies, como se derretirán las cimas que ahora arden de blanco furor. Y aún así, me quedará ese momento, junto a una tenue luz, en que te pueda mirar y, en verdad, no te mire. Porque nunca amaré ninguna imagen particular. Porque te amo a ti, a todas tus imágenes, a todos tus sonidos, a toda tu vida. Y anoche, mientras dormías a mi lado, mientras torcías el gesto, mientras te despeinabas, también.

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