miércoles, 28 de diciembre de 2016 1 comentarios

Despertares de un vacío

Para lo que siempre hubo espacio fue para los huecos vacíos. Tratas de evitarlos, pero suceden, nada puede ocultarlos y ahí están, mirándote como te miran solo las cosas vacías. Inexistencias donde no habita ni la felicidad, ni la tristeza, ni la angustia, ni la ilusión. Y esos vacíos llegan como olas que arrastran todo lo que te rodea, sin importar lo que sientas, lo que hicieras, lo que mantuvieras intacto entre tus manos. Seguro que si te hablo de ellos, los recuerdas. Pero solo entonces. Solo cuando alguien te obliga a recordarte que hubo momentos de tu vida en los que no viviste.  En los que te arrojaste a no sentir con todas tus fuerzas, a detener el tiempo, pero tan solo el tuyo. Que todo viviera, menos tú. Que por unos minutos, la Tierra girase contigo, pero tú ya no estuvieras aquí, ni en ningún sitio. Suena desolador, aunque al recordarlo no encontrarás ninguna desazón. Simplemente vacío. Nada.

El mejor despertar de un vacío eres tú. Retornar de la nada para encontrarte a ti. Recordar entonces todo lo que hemos vivido, todos nuestros sueños cumplidos, todos nuestros sueños por cumplir, los años que han de venir, los años que ya pasamos juntos. Todo lo que hasta ahora te he escrito y la mitad de todo lo que me espera por escribirte. Al final, cuando despierto del vacío, la mano que quiero agarrar es la tuya, el beso que quiero dar te pertenece a ti, el abrazo en el que quisiera encontrarme es el que aún deseo darte. Los vacíos de mi vida siempre encuentran tu mirada para llenarse. Junto al recuerdo de mis vacíos, la memoria de tu existencia sigue sumando años.


Yo también he visto tus vacíos. Tus momentos perdidos en la nada. Entonces me he quedado mirándote, he analizado cada rayo de luz que rozaba tu piel, cada sombra, cada poro, cada cabello cayendo en cascada, uniéndose a los demás en una interminable confusión. El vacío de tu mirada y tus ojos en la nada. Tu boca quieta, como si acaso el silencio fuera su mejor casa. La quietud que te rodea. El silencio que se escucha. Y mi mano tocando tu mejilla, tus ojos despertando y buscando los míos, la sonrisa que se dibuja entre tus labios, el beso que nos damos, el abrazo en que nos fundimos. Ese momento en que rompemos el vacío del otro y vivimos el uno para el otro. Esos momentos por los que merecieron la pena seis años y por los que merecerán la pena los próximos sesenta. Porque cuando los vacíos se llenan de amor, regresar a la vida es un alivio.


domingo, 18 de diciembre de 2016 0 comentarios

Las imperfecciones de tu belleza

Anoche, como cada noche en las últimas semanas, te quedaste dormida antes que yo. Y como todas esas noches, antes de apagar la luz, cerré el libro que estaba leyendo y me quedé mirándote. No, no estabas guapa. No eras lo mejor que he visto en mi vida. No tenías una expresión que pudiera sustituir otros rostros, otras caras. Pero allí estabas, durmiendo a mi lado. Segura, tranquila, en calma. Y me daba igual que se te torciera el gesto por la gravedad, que tuvieras la marca de la sábana en la mejilla, que se note entre tus ojos la señal de las gafas quitadas. No me importa que tu pelo se distribuya salvaje por toda la almohada.

Mañana, cuando estés despierta, quizás otro día, trataré de hacernos una foto en cualquier momento. Y te quejarás, y me dirás que estás fea, que ahora no, que qué mal sales. Anoche no te importaba. Y a mí tampoco lo hará mañana. No duermo a tu lado por tu belleza, no espero que siempre estés perfecta, no quiero que nuestros recuerdos sean una pose mal disimulada para quedar bien, sino la sonrisa espontánea de algún buen momento, nosotros despeinados al amanecer, compartiendo en la intimidad uno de esos breves instantes eternos.


Nunca te quise por tu belleza. No puedo amar a nadie por su belleza. Sería como tratar de querer vivir siempre en un instante imperecedero, sería mentirme, engañarte, sería caer en una trampa que nos tienden continuamente. La idea de que debemos ser siempre jóvenes, siempre bellos, siempre perfectos, la idea de que no te puedo querer con tus defectos, de fingir que no hay ninguna arruga, de que no me fije en tu marca de nacimiento, de que acaso no sepa que escondes bajo la ropa. De que no sepa que te quiero porque eres tú y no porque es tu cuerpo.

Todo se desvanecerá, como se pudre la fruta que olvidamos, como caducan las hojas que pisaron nuestros pies, como se derretirán las cimas que ahora arden de blanco furor. Y aún así, me quedará ese momento, junto a una tenue luz, en que te pueda mirar y, en verdad, no te mire. Porque nunca amaré ninguna imagen particular. Porque te amo a ti, a todas tus imágenes, a todos tus sonidos, a toda tu vida. Y anoche, mientras dormías a mi lado, mientras torcías el gesto, mientras te despeinabas, también.
domingo, 21 de agosto de 2016 2 comentarios

Ahora que vienes al mundo

[...]
Desperté de ser niño. 
Nunca despiertes. 
Triste llevo la boca. 
Ríete siempre. 
Siempre en la cuna, 
defendiendo la risa 
pluma por pluma.
[...]
Miguel Hernández

No te creas todo lo que te cuenten, todo lo que te enseñen en el televisor, no confíes en que lo que lees sea lo correcto. Ni siquiera me hagas siempre caso. Porque al final querrás descubrirlo por ti mismo. Y me harás sufrir. Y quizás piense, en maldita hora, que para qué tanto esfuerzo, tantas noches en vela por ti, tantas preguntas sobre dónde está aquel que fuiste una vez y que ya nunca volverás a ser. Me mirarás como a un extraño cuando nos crucemos por la calle mientras vas con tus amigos. O quizás te sonrojes. Te podrá la timidez mientras un amigo te da un codazo y los otros se ríen. Te romperán alguna vez el corazón. No me lo dirás, pero espero adivinarlo en tus ojos. Espero poder dejarte un abrazo en el momento justo. Y que nunca me cierres la puerta porque algo te duele. Nunca seré tu amigo. Pero nunca me perderás.


No me importa qué decidas hacer con tu vida. Tan solo espero de ti que seas feliz sin hacer daño a nadie. Comprende, sin embargo, que alguna vez me enfade contigo. Me he enfadado hasta con mi mejor amigo o con la persona a la que amo, ¿por qué no contigo? Incluso te diré algún tópico que tengo metido dentro. No me hagas mucho caso, es solo que te estoy tratando de mostrar que te quiero. Que yo he transitado esos caminos y que por experiencia sé como acabarán... ¿pero sabes qué es lo mejor? Que aún a mi edad también me puedo equivocar. Que los tiempos y las personas son distintas. Solo que me dolería tanto que te lastimaran como lo hicieron conmigo que en el fondo no me perdonaría no haber sido capaz de evitarlo.

Perdóname cuando creas que no te quiero. Perdóname si alguna vez soy yo quien te hace daño. Perdona mis manías. Y aunque estemos alejados, aunque ya no nos hablemos, aunque veamos la vida en direcciones opuestas, recuerda que hoy te tuve entre mis brazos, como tantos otros días, que te he visto sonreír, llorar, que te conocí cuando ni siquiera me conocías, que te he querido como no se puede querer a alguien, de esa forma única en que lo hacemos los padres. Y perdóname. Porque aunque quizás nunca me lo digas, aunque yo no te lo diga, no podré evitar sentir que en ti hay una parte de mi mundo que ya nunca volverá a mí. Un día lo comprenderás. Y espero que ese día sonrías. Sonrías como lo hago yo mientras te acuno por primera vez.
martes, 2 de agosto de 2016 1 comentarios

Un ratito más

Y sé que volverá a patalear. Que no querrá irse a la cama otra noche más. Que me sollozará porque nos quedemos un poco más. Supongo que en algún momento me dirá cuánto me quiere y tratará de excursarse en lo bien que se porta. Supongo que volverá el mismo cuento de cada noche. De no tengo sueño aunque se le caigan los párpados, de un rato más. Quizás media hora, quizás dos. Por favor, esta noche es especial. Como todas, cariño. Y así pasarán unos cuantos años, entre sus tímidas o bravas peticiones y mis continuos rechazos. Qué duro es tener que negarte un deseo, cielo. Pero mañana cuando te despiertes empezará un nuevo día. No creas que yo no lo lamento. Porque cada noche que empieza es un día menos a tu lado y un día más para que comiences a alejarte, quizás a conocer a otra persona que conquiste tu corazón. Qué duro es ser padre en tiempos de sueños.

jueves, 28 de julio de 2016 0 comentarios

Retrato a retazos

Hay hechos que cambian una vida para siempre. Y con ella, la de todos los demás. No sé siquiera si yo hubiera sido tal como soy si tú hubieras estado, ni siquiera acaso si hubiera nacido. Pero siempre me quedaré con las ganas de haberte conocido. Siempre pensaré que me perdí momentos que nunca existieron. No digo que no haya sido feliz, pero muchas cosas hubieran sido distintas. Estoy seguro.

Tú eres uno de esos ¿y si...? en los que no me importa perderme. He ido rescatando retazos de ti como si fueras un sueño. Recuerdos prestados que forman un retrato entre el idilio y las anécdotas. No creo que fueras perfecto, nadie lo es. Pero también sé que lamento no haberte conocido, porque me perdí a alguien único. Y a alguien con quien siento que compartía cosas. Cosas que quizás tú hubieras comprendido mejor que nadie. Pero no, no estabas. Te llevó la enfermedad demasiado pronto y dejaste tras de ti mujer, una niña y dos niños pequeños. Uno de ellos ni siquiera te recordará bien. Y claro, ¿cómo me ibas a conocer a mí? Si yo llegué a nacer siete años tras tu muerte.

Para empezar a recordarte, me gusta pensar en las fotos que guardo de ti, esas fotografías que tanto tardé en descubrir escondidas en una vieja maleta. Resguardadas para evitar que la memoria se tiñera de nostalgia y melancolía por una desgracia compartida. Nadie guarda de ti malas palabras. Dicen que nadie las guarda de quienes mueren, pero a veces lo dudo. Tan solo que sufriste. Que tus últimos días fueron los peores. Momentos de auténtico pánico que aún hoy lograron hacer llorar a tu Magdalena; dejaste una cicatriz difícil.

Sí, te vi fumar. Y también sé que te gustaba el boxeo. No comparto contigo esas aficiones, pero es por ti por quien me hice cofrade antes aún de saber lo que eso significaba. Tradición familiar. Y te veo tan joven, vestido de romano en una Semana Santa. O portando alguno de aquellos primeros tronos. Supongo que lo vivías con la devoción habitual de la época, pero hay algo en esas imágenes que me hablan de emoción, incluso de felicidad. Esa sonrisa que se te escapa hacia quien te hacía una foto en blanco y negro con tu escudo. La misma sonrisa que no pudiste evitar al tener a tu hija entre brazos, aunque apenas se te viera el rostro, cortado por un mal encuadre.


Te gustaban los niños. A ella no, pero tú querías llevarlo todo adelante. Al final la dejaste sola con ellos, y aún así, te entiendo bien. Se habla mucho de ese deseo de maternidad como si acaso no existiera el deseo de paternidad. Esa felicidad que se nota al compartir momentos con tus hijos, con tu familia. Ese brillo en la mirada durante los cumpleaños, durante otros tiempos más fáciles para todos. Pero tranquilo, también hubo imágenes para momentos más cotidianos, incluso no siempre sales sonriendo. Ya te dije que nadie era perfecto.

Pescabas, hasta ganaste algún premio cazando pulpos. Te vi como un escuálido adolescente en tiempos monocromos. Y con un gran bigote mirando el televisor. Sé también que reconocías la talla de las personas solo con mirarlas. Y que te fuiste en Navidad.

Hoy te he vuelto a recordar porque te tengo presente. Eres en mi cabeza la sombra de una persona que nunca conocí. Quizás como un personaje más de ficción. Y, sin embargo, veo tu huella en tantas personas que me rodean... que sé que eres tan real ahora como cuando estabas vivo.

Y que parte de lo que yo soy, también te lo debo a ti.

Gracias, abuelo.

sábado, 23 de julio de 2016 0 comentarios

Hay golpes en la vida...

No sé dónde estabas, no sé por qué no te llamé, no sé quién lo hizo, no sé qué pensarás, no sé cómo sonríes, no sé cuándo volverás, no sé siquiera las cosas que te hacían feliz. Y aún así estoy aquí, buscando las razones a las preguntas que no tienen respuesta, demasiado lejos de ti como para salvarte, demasiado cerca como para sentirme impotente, demasiado tarde para enmendar mis errores, demasiado pronto para el remordimiento.

En el momento exacto en que pensé que nada podría ir mal, me has dejado un vacío en el estómago que me golpea hasta el corazón. Nunca he sentido más vértigo que al verte tan perdida en ti misma, tan oscurecido tu rostro y tu sangre aún pintando charcos.

Antes recordaba tus palabras, ahora te comprendo. Antes dibujaba corazones en los cristales empañados, ahora golpeo las ventanas en busca de respuestas. Antes sabía que te quería, ahora sé que mi vida no será igual después de ti.

Quédate. Regresa. Y ayúdame a descubrirte como nunca lo hice.


sábado, 7 de mayo de 2016 2 comentarios

Solo una verdad

A MB.

Cuando ella se marchó por aquella puerta, me quedé pensando en todo lo que había pasado entre nosotros, en cómo la había conocido, cómo habíamos vivido juntos estos últimos años y cómo sin saberlo surgió el amor entre nosotros. Por eso me sorprendió cuando diste aquel portazo y cerraste con él los años que pasamos juntos. Porque no te amaba. O porque no te quería como tú querías que te amara. Quizás vuelvas luego, lo deseo. Porque no sería la primera vez que me equivoco y tú provocas que me dé cuenta. Tú me señalas el camino a seguir, aunque a veces sea yo el que ilumine tus pasos. Supongo que vamos creando entre ambos las piedras a pisar en nuestro futuro. Por eso te envío esta falsa carta, por eso te hablo en el silencio de este salón en que no estás, pensando todas las palabras que no te he dicho, que ahora se me ocurren porque es el momento perfecto para desperdiciarlas en mi mente.

En verdad no te has ido. Ella sigue en esta casa, pero está como ausente. Llueve entre las calles y tú no sabes que estoy teniendo miedo. Que hay un miedo que me atenaza el alma. El miedo de no tener un futuro contigo. El miedo de no cumplir con aquello que siempre te he prometido. El miedo de olvidar las promesas. El miedo de que no seamos capaces de querernos en el tedio. Pero es un falso miedo. Tú lo sabes, yo lo sé: nos conocemos desde que tenemos memoria y nunca nos hemos fallado como para alejarnos. Hoy no espero que sea ese día.

Hoy espero darte más felicidad, un poco más, con el deseo de regalarte un día más. Porque un día más junto a ti es un motivo más para ser feliz. Hoy son veinticinco años, pero espero ver pasar muchos más en el calendario junto a ti. Ver tu cuerpo a mi lado cada despertar y cada noche, ver cumplirse nuestros proyectos, ver que los días atardecen y que pueden volver a amanecer, ver el mundo que nos espera. Cuando te diste cuenta de que te estaba mirando, te turbaste. Y con una solemnidad inaudita te dije:

-El futuro vive en la posibilidad de lo que hagamos hoy. Y hoy decido quererte.

Y supe que te decía la verdad.
martes, 2 de febrero de 2016 0 comentarios

Un instante de serenidad

Ella no lo sabe, pero la estoy mirando. La veo meditar ante todos esos folios, ante el libro que sostiene entre sus manos, sumida en sus pensamientos y reflexiones, moviendo un bolígrafo cerca de su boca, mordisqueando ocasionalmente el tapón, escribiendo o subrayando, se acaricia la mejilla, se aparta un mechón de pelo, tuerce el gesto, parece seria. Y qué belleza desprende.

Ella no lo sabe, pero la estoy mirando como se mira a quien se ama. Ella en su mundo interno, yo en otro universo. Aún no se ha dado cuenta y temo el momento en que me descubra, en que nuestros ojos se entrecrucen y se rompa este instante de serenidad. Este silencio entre los dos, esta ausencia de comunicación en la que ella me dice cosas que siempre calla cuando realmente me habla.


Ese instante de plenitud en que dejamos de estar aquí. Reconforta el alma saberse tan seguro de estar tocando un instante del alma del otro.

-¿Qué haces?

Se rompió el momento, ella me sonríe como el niño al que se descubre en su travesura, con la timidez de quien se desnuda frente a otro por primera vez sabiendo que está a punto de entregarse. Ambos nos reímos. Y yo me quedo esperando. Esperando otro instante de serenidad.

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