domingo, 21 de agosto de 2016

Ahora que vienes al mundo

[...]
Desperté de ser niño. 
Nunca despiertes. 
Triste llevo la boca. 
Ríete siempre. 
Siempre en la cuna, 
defendiendo la risa 
pluma por pluma.
[...]
Miguel Hernández

No te creas todo lo que te cuenten, todo lo que te enseñen en el televisor, no confíes en que lo que lees sea lo correcto. Ni siquiera me hagas siempre caso. Porque al final querrás descubrirlo por ti mismo. Y me harás sufrir. Y quizás piense, en maldita hora, que para qué tanto esfuerzo, tantas noches en vela por ti, tantas preguntas sobre dónde está aquel que fuiste una vez y que ya nunca volverás a ser. Me mirarás como a un extraño cuando nos crucemos por la calle mientras vas con tus amigos. O quizás te sonrojes. Te podrá la timidez mientras un amigo te da un codazo y los otros se ríen. Te romperán alguna vez el corazón. No me lo dirás, pero espero adivinarlo en tus ojos. Espero poder dejarte un abrazo en el momento justo. Y que nunca me cierres la puerta porque algo te duele. Nunca seré tu amigo. Pero nunca me perderás.


No me importa qué decidas hacer con tu vida. Tan solo espero de ti que seas feliz sin hacer daño a nadie. Comprende, sin embargo, que alguna vez me enfade contigo. Me he enfadado hasta con mi mejor amigo o con la persona a la que amo, ¿por qué no contigo? Incluso te diré algún tópico que tengo metido dentro. No me hagas mucho caso, es solo que te estoy tratando de mostrar que te quiero. Que yo he transitado esos caminos y que por experiencia sé como acabarán... ¿pero sabes qué es lo mejor? Que aún a mi edad también me puedo equivocar. Que los tiempos y las personas son distintas. Solo que me dolería tanto que te lastimaran como lo hicieron conmigo que en el fondo no me perdonaría no haber sido capaz de evitarlo.

Perdóname cuando creas que no te quiero. Perdóname si alguna vez soy yo quien te hace daño. Perdona mis manías. Y aunque estemos alejados, aunque ya no nos hablemos, aunque veamos la vida en direcciones opuestas, recuerda que hoy te tuve entre mis brazos, como tantos otros días, que te he visto sonreír, llorar, que te conocí cuando ni siquiera me conocías, que te he querido como no se puede querer a alguien, de esa forma única en que lo hacemos los padres. Y perdóname. Porque aunque quizás nunca me lo digas, aunque yo no te lo diga, no podré evitar sentir que en ti hay una parte de mi mundo que ya nunca volverá a mí. Un día lo comprenderás. Y espero que ese día sonrías. Sonrías como lo hago yo mientras te acuno por primera vez.

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