martes, 11 de septiembre de 2012

Nos

¿Alguna vez te has visto a ti mismo rodeado de oscuridad? Allí, quieto, en medio de una oscuridad que no sabes de donde procede, pero que te rodea, ignorando qué hay más allá. En ese momento podemos hacer muchas cosas, algunos deciden quedarse quietos, esperando que alguna luz ilumine la habitación, otros comienzan a llorar con desesperación esperando que alguien los escuche, en otros casos hay quien comienza a correr buscando alguna salida. Tarde o temprano esos que corren pueden optar por quedarse quietos también, incluso de romper a llorar de la desesperación. Pero en otras ocasiones chocan con alguien, una persona que también forma parte de esa oscuridad que nos rodea, pero que comienza a formar parte de nuestro mundo cuando le damos la mano.

Y en ese momento, aunque la oscuridad nos sigue rodeando, comenzamos a caminar, sin huir, porque ya hemos encontrado a alguien que nos sostendrá cuando decidamos quedarnos quietos, a alguien que nos ayudará a seguir cuando queramos llorar. Incluso a alguien que nos dará motivos para sonreír. Sin embargo, no todo es luz en la otra persona. Todos tenemos una oscuridad que nos rodea, que surge, en gran parte, de nuestro interior, y acabamos por discutir, por invadir con nuestra oscuridad la oscuridad del otro. Esto ha provocado que muchos, de nuevo, se abandonen a esa soledad trágica donde sólo queremos correr, estar quietos expectantes o llorar.


¿Y qué buscamos realmente? Nada, realmente. Todos tenemos un tiempo, un tiempo concreto, y después nos abandonaremos mientras la oscuridad nos devora. Entonces, ¿qué pasará con nuestros pasos perdidos en la sombra? ¿Con nuestras lágrimas? ¿Con nuestra esperanza? Nada, no pasará nada. Porque todos nuestros problemas serán como el polvo que se disuelve entre tus manos. Desaparecerán.

Quedarán entonces las luces que encendimos en nuestro caminar. Quedarán los recuerdos en las otras personas a las que tomamos de la mano. Quedará el presente escrito en forma de pasado. Y la oscuridad tomará forma de palabra escrita. Y seremos velas que permitan leer cada una de esas palabras, en una historia que hablará de todo lo que hicimos, para bien o para mal. No habrá futuro, no habrá problemas. Porque toda nuestra historia se escribió en nuestra vida.

Sufrir por nuestro presente sólo alienta que, cuando éste sea pasado, sea demasiado tarde para descubrir que perdimos el tiempo sufriendo. Hay gente que espera quieta, expectante. Pero incluso en esa espera, hay cientos de luces por encender para poder ver a la persona que nos tomará de su mano para llevarnos lejos. A un lugar más allá de las fronteras de nuestra propia oscuridad.

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